Semillas

Semillas

Hace una tarde magnífica en el paseo de la playa de San Lorenzo. El aire, demasiado caliente para esta época del año en Gijón, parece como venido de otro lugar, e incluso de otro tiempo. Mientras contemplo el gran cúmulo de nubes, te fijas en algo que sucede delante nuestra, y yo te sigo la mirada. Luego me tocas el brazo señalando a unos niños situados a unos metros frente a un quiosco de helados. Ahora es preciso regresar. Porque todas las coincidencias tienen un origen. Y el de ésta fue sin duda aquella época. Casi puedo tocar aquel recuerdo que me viene a través de la espuma lejana de las olas.

Mientras el humo del hachís se expandía por el techo de mi coche nos contabas que la sala era blanca como la leche. “Así las manchas se verían menos.” Y que esto sucedía sobre un sillón como los de Ikea. Tenían varias revistas, pero preferiste una peli. Y lo que estábamos fumando en ese momento se lo debíamos a tus pajas. Tus benditas donaciones de millones de diminutos seres que iban a parar a un frasquito, y luego en tu cuenta te ingresaban religiosamente los 80 euros mensuales. Sólo una donación mensual, ese era el trato. Sería un año y luego se acabaría el negocio. Hasta las pajas se regían por las leyes del mercado.

Minutos antes hemos llegado a este banco de la playa. He sacado mi cigarro, preparado con cariño en el hostal. Tú hace tiempo que no fumas. Es una lástima porque acompañado sabía mejor. Tampoco hay muchas más diferencias, quizás las palabras. Antes decías “mazo de porros”, mazo de esto, mazo de lo otro. Y cosas así. Ahora nuestras abuelas nos entienden a la perfección. Tras la primera calada, una pregunta se alza en forma de humo: ¿Lucas, cómo coño hemos llegado hasta aquí?

Unas semanas antes Sandra te habló de París, de que nunca había ido, que era su sueño. Negarse no era fácil, te lo pediría con ese acento canario que lo taladraba todo, como una Black and Decker directa al corazón. Y eso te asustó. Pero no fue nada comparado con lo que vino después. Si no podíais ir a París al menos tendríais un niño. Un “Lucasito” te dijo. Una semana más tarde nos fugábamos en mi coche hacia Gijón. A mí tampoco me saldría gratis, tuve que mentirle a Helena. Y cuando teníamos delante ese coche con lo que parecía una pareja y sus dos niños atrás, llegó el momento de hablar:

– ¿No me dijiste que estabas bien con ella?

– No sé macho… yo no tengo esa prisa. O me di cuenta que no estaba enamorado lo suficiente.

– Bueno, tranquilo, por eso estamos yendo a Gijón. –y aceleré sobrepasando el coche familiar. Y así es como nos dirigimos a la costa asturiana, donde años atrás, como solteros, habíamos vivido un verano quemando la ciudad.

Así hemos llegado aquí. A este banco del paseo. Y tú estás fijándote en aquellos niños, y te levantas como propulsado, vete a saber porqué. Casi me das miedo en este momento. Te conozco, y rara vez pierdes el control. Pero te acercas mucho a ese niño, y te fijas en él detenidamente mientras toma su helado. Entonces el niño, rubio como tú, te mira y luego mira a sus amigos y sonríe. Se van, persiguiendo a las palomas mientras devoran sus helados. Y tú te quedas ahí, frente al quiosco de helados, como un niño indeciso.

Esa misma noche volverás a fumar. Hace años que no lo haces. Toserás. Pero a la tercera calada vencerás la angustia, y una carcajada profunda, de las que no te oía en años, saldrá rebotada entre las calles de Gijón. Hablaremos entonces, como en los viejos tiempos, de los “moros” que han plantado la marihuana de donde ha salido ese hachís. Y mientras hablamos de las mujeres de nuestra vida miraremos el humo ascender sobre las estrellas.

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Historias de California: Días extraños

Historias de California: Días extraños

La cola serpenteaba entre los pasillos como un animal ávido de mascarillas. En aquella ferretería, la única donde no se habían agotado, más de cien personas buscábamos lo mismo: respirar. Había en el ambiente esa especia de paranoia tan de aquí. Uno esperaba que en cualquier momento apareciera gente mordiendo a otra. Sí, la escena recordaba a un apocalipsis zombi. A través de la ansiedad reinante esperé estoicamente mi turno y me hice con mi ración de dos mascarillas.

Estando en la cola, traté de recordar como habíamos llegado a esta situación. Apenas unos días antes todavía no había llegado la gran nube. Ni siquiera había comenzado el fuego. Antes de estos días extraños, el sol reinaba poderoso en lo alto y nada hacía presagiar lo que ocurriría.

Días atrás caminaba por una de las avenidas más concurridas del Campus y me fijé en las asociaciones de estudiantes. Unos vendían dulces para financiarse un viaje, otros buscaban actores para un casting, y luego estaban las hermandades: Alpha-omega, Beta-gamma, etc. buscando algún despistado a quien captar. Pensaba en lo idílico de la escena, cuando una chica joven se plantó delante de mí sin darme tiempo a reaccionar. Me pareció guapa. Su puesto pretendía concienciar sobre el medio ambiente, la huella de carbono y cosas así. Le seguí la bola, y a petición suya hice girar una rueda de la fortuna que habían confeccionado. Luego me entregó un ticket válido por un café. Según me contó se llamaba Erika y era de origen sueco. Al decirle que era español se le iluminaron los ojos, y en seguida se puso a hablar español conmigo. Me sorprendió que lo hablara tan bien. Por lo visto había hecho un Erasmus en Barcelona, y se había quedado con ganas de conocer Madrid, mi ciudad.

-Si quieres te invito a un café mañana y me cuentas más –le dije.

-Ah, vale. Me parece estupendo. Así practico un poco el español.

-Claro, y yo el inglés que me hace más falta que a ti el español creo –y al decirle esto sonrió, y me fijé en su dentadura, maravillándome ante su perfección.

El chico que nos servía el café dibujó un corazón perfecto sobre la leche. Más le valía, porque el capuccino de la cafetería de ciencias ambientales costaba cuatro dólares. Aunque bien los valía hoy, y además uno me saldría gratis. Fuimos a la terraza y me pareció raro que no hubiera nadie. Tras quemarme los labios por impaciente, miré el cielo y me dio la sensación que estaba cargado. Una especia de niebla lo cubría todo; “quizás estén quemando algo” -pensé. Más tarde me enteraría que los incendios que sucedían a decenas de kilómetros lo provocaban. “No se ha visto algo así nunca” -dijeron. Aunque siempre dicen esas cosas cuando llegan las tragedias. Que nunca se ha visto. Hasta que se ve, claro.  

Entre sorbo y sorbo salió el tema de los dioses vikingos. Le sorprendió que yo supiera un poco de mitología nórdica. De pequeño, en la buhardilla de mi casa, donde albergábamos la biblioteca familiar, tenía un libro ilustrado, y en las tardes oscuras de invierno, preferiblemente en las de tormenta, subía y cogía aquel libro. Me maravillaban las ilustraciones de Odín, Thor, y otros moradores de aquellos mundos míticos que se sucedían en los fiordos. Levantamos la vista más allá del Campus, y apenas era perceptible la silueta de las colinas de Berkeley. Las majestuosas casas que reinaban desde lo alto se habían esfumado, incluso los edificios de las facultades del Campus se escondían tras la niebla. Todo el mundo visible se reducía a nosotros dos, unas pocas ardillas y un cuervo solitario. Nos miramos inquietos, como si aquel escenario no fuera real, como si nosotros también habitáramos un espacio mítico, fuera del tiempo, y nuestros fiordos fueran aquellas colinas a las que una niebla de ceniza o lo que fuera aquello las vestía de gris.

Dos días después volvía a caminar por aquel pasillo del Campus donde el bullicio de los puestos de estudiantes era sólo un eco lejano. Todo era ceniza y niebla. No había nadie. La universidad había cancelado las clases indefinidamente. Según la escala empleada, el nivel de polución era varias veces superior al de Pekín. Aquella mañana caminaba por la ciudad más contaminada de la tierra. La tos no tardó en aparecer. Llevaba días viendo a la gente con mascarillas. Al principio me había parecido una exageración, pero ahora me proponía imitarles.

Cuando salí de la ferretería me crucé con Erika –no hace falta que esperes, te dejo una -le dije. Y con nuestras mascarillas puestas nos fuimos andando hacia el campus. Apenas se veía gente. Un cuervo pasó a nuestro lado, tenía una sola pata, pero se las apañaba para volar. Apenas veíamos hacia dónde íbamos, y yo todavía menos, pues se me empañaban las gafas al respirar. El mundo parecía llegar a su fin. No era fácil pensar con claridad con aquella ceniza revoloteando sobre nuestras cabezas, y con la niebla envolviendo todo. Nos miramos como si quisiéramos atestiguar que aquello era real. Seguimos caminando hacia donde una vez estuvo el Campus. No podíamos verlo. Las colinas de Berkeley también eran un recuerdo lejano. Nos cogimos de la mano. Un rato después, cansados de llevarlas, nos quitamos las mascarillas, y sin pensarlo dos veces, nos ahogamos en un beso.

Historias de California: La furgoneta (parte II)

Historias de California: La furgoneta (parte II)

   Aunque algo vieja, le pareció mejor de lo que había imaginado. Rápidamente se subió al asiento del piloto y estuvo palpando hasta dar con la llave en el hueco entre los asientos donde le habían dicho que estaría. Introdujo la llave en el contacto y la giró. El motor emitió un sonido ahogado y seco, como una tos de un animal cansado y viejo. -¡Mierda, después de todo el puto viaje! –se quejó a los cielos Luisa- me he quedado a las puertas. -Y fue entonces cuando sintió que una fuerza desconocida le daba un manotazo al tablero y todas las piezas se desmoronaban en el vacío.

   Tras maldecir Luisa, la mujer se acercó con unas pinzas para lbatería. Pusieron los cables rojo y negro en sus respectivas posiciones y de nuevo probó suerte. Tras amagar con la misma tos, prendió, y entonces, como en las películas cuando el protagonista logra una hazaña, le surgió a Luisa un grito de alegría, casi ridículo. La mujer sonrió y le dijo que haría bien en echar gasolina, pues no quedaba mucha. Antes de despedirse, le enseñó cómo funcionaban los cambios automáticos.

   Minutos después Luisa conducía alegremente hacía la gasolinera. Presentía que este iba a ser el inicio de una gran aventura. Se abrían nuevos horizontes a lomos de aquella fantástica Ford. Decidió que la llamaría the deer –el ciervo-. En la gasolinera, tras aparcar la furgoneta al lado del surtidor, se dio cuenta que la había colocado al revés, pues no llegaba la manguera. Volvió a montar para subsanar el error, pero entonces la furgoneta no arrancó. A la segunda tampoco. Ni a la tercera. La cara de Luisa se contrajo en una mueca que mezclaba el pánico con la angustia. “Estoy jodida” -pensó. Entró en la tienda de la gasolinera para pedir ayuda. El vendedor estaba detrás del mostrador parapetado tras decenas de productos. Fue verla venir y puso cara de “me vas a joder la noche”. Pero luego se enrolló y le ayudó a empujar la furgo hasta la parte de atrás de la gasolinera, tras lo cual se volvió a meter a la tienda.

   Hasta el séptimo coche que preguntó no obtuvo un “sí”. Eran dos chicas jóvenes. Sin embargo los cables no lograron arrancar la furgo. Le explicaron donde encontraría una tienda de repuestos de coches, aunque al ser domingo por la noche, tendría que esperar al día siguiente. Llegó a pensar en alquilar una habitación para dormir, pero había un problema logístico, la furgoneta se había quedado con la ventana del piloto bajada, y como no tenía corriente no se podía subir. Una vez aceptado que no podía hacer nada, se compró una botella de vino de California con tapón de rosca. Unos tragos de vino unidos a que no tenía mucho que hacer ayudaron a que le entrara el sueño. Preparó las cosas y se fue al colchón de la parte de atrás. Estuvo buscando alguna manta, pero apenas encontró una toalla vieja. Hacía fresco al estar tan cerca de la costa. En una bolsa encontró un jersey que olía a cuadra, pero que le pareció de cachemira. Se tumbó y dejó que sus pensamientos la condujeran, entre escalofríos e inquietudes, hacia el sueño.

   Al despertar la recibió el frío. Una sombra se movía tras los cristales. Se incorporó un poco y echó un vistazo alrededor. A pocos metros alguien pasaba con un carrito mientras miraba a Luisa, y al ver que ésta se movía saludó. Luisa devolvió el saludo y volvió a hacerse un ovillo como si nada hubiera ocurrido. A los pocos segundos volvió a sentir una presencia, se reincorporó y vio como una cabeza asomaba por dentro del vehículo. Era el homeless de antes, o al menos lo parecía por su aspecto desaliñado y el hecho de merodear por ahí a esas horas. – ¿Quieres fumar? –le dijo la cabeza a Luisa mientras sujetaba un canuto entre sus dedos. –No, gracias –y esbozó la mejor de sus sonrisas, como si todos los días le ofrecieran marihuana así. El gesto debió convencer al fumador, pues sacó su cabeza del coche y se alejó del coche hacia la oscuridad de la noche. A Luisa le latía con fuerza el corazón, pero luego se tranquilizó gracias al vino y volvió a dormirse.

   Una boca pastosa fue lo primero que sintió al despertar. Tras espabilarse, se fue en busca de la tienda que le habían comentado. Allí convenció al dependiente mexicano para que fuera a instalarle la batería. En un abrir y cerrar de ojos se la colocó y así pudo reanudar la marcha.

   Por la Highway 1 las vistas resultaron muy variadas. En un momento dado contemplaba la belleza de la costa del pacífico con sus acantilados rocosos, sus árboles dibujando extrañas formas, la promesa de ver alguna ballena a lo lejos, y un rato después se adentraba en un bosque de secuoyas donde apenas penetraba la luz y el tiempo parecía haberse detenido. Y fue así, como regresó conduciendo a Oakland, y tras aparcar la furgoneta se olvidó de ella unos días.

   La semana de trabajo fue exigente, pues todo era nuevo para ella. Frente al ordenador pensaba en su furgoneta, y en donde iría cuando llegara el fin de semana. Se acordó entonces que la furgo no tenía seguro, pues dependía de Alex para formalizarlo y no conseguía contactar con él. Ahora que se acordaba, su colega le había comentado que se iba al Amazonas a trabajar con una ONG.

   Llegó el fin de semana y decidió coger la furgo para ir a una reserva cercana donde le había comentado un colega del trabajo que podría divisar diferentes pájaros, que por algún motivo le fascinaban más que nunca. De camino al rebuscar en la furgoneta,descubrió una bolsita con un par de cogollos de marihuana. Le inquietó la idea de que estuviera allí, pero luego, al parar a por gasolina, vio papel de fumar y lo compró. Al rato, mientras oteaba el pacífico en busca de ballenas y observaba las bandadas de patos sobre el mar, se hizo un porro como pudo–años atrás siempre había otro que los hacía-. Tras darle dos caladas, recordó esa sensación en los pulmones casi olvidada, desde primer año de carrera quizás. Con una sonrisa en la boca lo apagó y emprendió su camino devuelta.

   Mientras conducía le excitaba la idea de no tener los papeles en regla. Por primera vez en su vida tenía la sensación de ser completamente independiente. Sensación que renovaba cada vez que llegaba el fin de semana y cogía la furgo. Estaba viviendo su propio sueño americano, mucho mejor que el original. Había empezado incluso a fantasear con empezar una nueva vida aquí. Una vida diferente. Incluso, porqué no, una vida sin Carlos.

   Fue unos días por trabajo a San Diego. A la vuelta, al acercarse a su casa, vio que la furgoneta no estaba donde la dejó. Se asustó, pero decidió preguntar a la dueña de la casa antes que nada. Tras llevar a cabo ésta su pequeña investigación, descubrió que el coche de seguridad de la zona donde vivía, al ver que el vehículo no se movía durante varios días, y unido al hecho que la matrícula estaba caducada, decidió llamar a la grúa. Es cierto que la dueña de la casa le había comentado que moviera la furgoneta de vez en cuando, pero no con qué frecuencia debía hacerlo, y en las semanas que llevaba aparcando no había recibido ningún aviso.

   Habló con Bob, el jefe de los Terry Brothers, la empresa que le había retirado el vehículo. Por lo visto no podía recuperar la furgo, pues no era la dueña ni tenía los papeles. Le quiso explicar la situación, pero el hombre parecía no querer hacer una excepción. Además, Alex, el dueño de la furgoneta, seguía sin responder. La tarifa para recuperarla ascendía ya a 500$. Y lo peor era que cada día subía 100$. “Menuda panda de piratas” –pensó Luisa. No sabía qué hacer. Le daba vergüenza hablarlo con Carlos, o con su padre, pues le echarían la bronca por conducir sin papeles ni seguro. Trató de hablar con la dueña de la casa, por sí podía ayudarla, pero los Terry Brothers exigían que fuera el dueño del vehículo o alguien autorizado el que la rescatara.

   Cinco días después logró hablar con Alex. Se indignó mucho con la situación. Pero tampoco la culpó, ni la recriminó nada. Le comentó que no podría autorizarla a través de un notario, pues él estaba muy limitado desde donde estaba. Qué le fuera informando de cuánto pudiese y que ya hablaría él con los Terry Brothers. Según supo luego Luisa, Bob le amenazó a Alex con qué si en una semana no pagaban el precio del rescate, la desguazarían y la venderían por piezas.

   Luisa y Alex trataron de hablar con los del seguro para ver si podían de alguna manera legalizar la situación de la furgo. Pero el proceso era lento. Exigían una seria de firmas,de documentos originales, y este proceso conllevaría no pocos días.

   Tenía un ciervo, y se lo enseñaba a todo el mundo orgullosa. Era su mascota, pero también galopaba sobre él. En un momento dado lo descubrían Carlos y su padre, y no parecían contentos. Se iban a hablar con un personaje misterioso. Resultó que era Bob, y llevaba un hacha en la mano. Luisa comenzaba a gritar. Pero Bob no hacía caso, y levantó el hacha sobre el animal. Luisa se despertó.

  En la cama, tras el horrible sueño, lo decidió. Llamó al trabajo y dijo que estaba mala y que hoy no iría. Nunca había hecho algo así, y le recordó a aquellos días en que afectada por algo importante se hacía la enferma para no ir al instituto. Se fue a la gasolinera y compró gasolina. Metió la garrafa dentro de una mochila de deporte y se fue a la dirección que marcaba la aplicación. Cuando se aproximaba a su objetivo vio que se abría una puerta. Y entonces la vio, rodeada de coches desguazados, en un parking al aire libre, allí estaba su querida the deer. Era de las primeras en una hilera que enfilaba hacia una máquina gigante que parecía ser la que desguazaba. Ese era el momento de aplicar la estrategia. Lo había visto cientos de veces sobre el tablero de su padre, y quizás también en las películas. La estrategia del despiste. Vertió la gasolina sobre unos trapos, los prendió, y los lanzó al lado contrario del garaje. Al minuto la columna de humo era visible, había tenido suerte y un neumático había comenzado a arder. Se oyeron unos gritos con acento mexicano, y dos trabajadores aparecieron con unos bidones de agua. Este era el momento de atacar sobre el rey, de abalanzarse sin piedad sobre el enroque. Se aproximó con sigilo a la furgoneta, introdujo la llave y entró. En ese momento la máquina trituradora de coches empezó a funcionar, así que aprovechó para arrancar, y acto seguido maniobró lo más rápido que pudo para sacar el vehículo de la fila que conducía al “matadero”. En unos segundos lo había logrado, franqueaba las puertas y estaba de nuevo en la calle, gritando para descargar la adrenalina acumulada. Y al galope de aquel animal se alejó.

   A los meses, días antes de regresar a España, volvió al lugar donde había visto a su querida the deer por primera vez. Y allí la aparcó, como si nada hubiera ocurrido, como si hubiera sido un sueño.

La furgoneta – parte I

   Luisa llevaba planeando su viaje de empresa meses. Todavía no había puesto los pies en California, pero ya sabía dónde compraría los alimentos sin gluten que necesitaba. Ella era así. Desde la carrera había seguido los pasos de su padre para convertirse en una ingeniera con la cabeza bien formada. Nada quedaba fuera de su control. Y esta vez no iba a ser menos.

   Todo estaba perfectamente organizado. Trabajaría en el centro de Oakland, una ciudad al este de la bahía de San Francisco, y viviría en una habitación en la misma ciudad, pues con los elevados precios no se podía permitir vivir sola. “Coloca primero las piezas en casillas importantes” le había dicho su padre, gran aficionado al ajedrez; juego que en su familia se pensaba que era de hombres. Incluso sin haber jugado mucho, tan sólo con los principios de este juego dando vueltas por el salón de su casa familiar como mantras, se imaginaba como California no era más que otro tablero donde sacar las piezas de su familia, y tras colocarlas en lugares estratégicos, tener el control de la partida, para obtener una ventaja más hacía su éxito profesional.

   Y como todo no iba a ser trabajo, Luisa pensó que debía tener ocio durante su estancia. Además, su novio no podría desplazarse durante ese tiempo, ya que se encontraba en un periodo delicado a nivel laboral. Aunque ahora que lo pensaba, “¿cuándo no se había encontrado Carlos en un momento delicado?” Se suponía que la boda, un movimiento más en la partida perfecta de su vida, tendría lugar poco tiempo después de su regreso a España tras los meses en California. Pero aquí estaba ella ahora: sola y sin su prometido, y sin la sombra de su padre alrededor.

   Unos días antes de partir, Luisa se encontraba en la casa del Libro de Madrid, cuando se encontró con un antiguo ligue del instituto.

– Pero bueno, ¿qué haces aquí Luisa? ¿Qué es de tu vida? –le dijo con su característico entusiasmo Alex tras darle dos besos.

– Ya ves, aquí preparando un viaje.

– ¿Tú preparando un viaje? ¿Desde cuándo? Pero si tú eras de las que cogía la mochila y tirar a donde fuera de cualquier manera. –Y los dos rieron, pero Luisa volvió con brusquedad a un rictus serio.

– Estás de coña, ¿no? ¿De verdad qué yo era así?

– Pero mujer, acuérdate de cuando fuimos a aquella acampada a la sierra… -y Alex, viendo que algo parecía incomodarle a Luisa, cambió de tema rápidamente –Bueno, veo que te vas a los “Estates”. Pues justo estuve el año pasado por allí… -y así siguieron hablando un rato, durante el cual Alex le comentó que había dejado medio abandonada una furgoneta en medio del campo al norte de California

   Delante se extendía una carretera infinitamente recta, y al fondo enormes montañas cubrían el horizonte en un paisaje típico americano. Conducía feliz hasta que en el espejo retrovisor le pareció ver a alguien. Era su padre, que iba de copiloto y Carlos, detrás, que le indicaban como debía conducir y le preguntaban si sabía a donde iba. Ella giraba su cabeza para prestarles atención, y en un momento de despiste un ciervo cruzó la carretera y no pudo evitar atropellarlo. Luisa despertó entre sudores. Hacía tiempo que no tenía un sueño tan intenso.

   En el avión de camino a San Francisco fantaseó con la furgo, y en cuanto aterrizó llamó a Alex para preguntarle los detalles necesarios. Por lo visto la furgoneta estaba abandonada a varias millas de un pueblo al norte, cerca de Mendocino, en la costa del pacífico. Llevaba cerca de un año allí. Las llaves las tenían los granjeros para los que trabajó Alex. Estaba algo lejos, pero si era capaz de llegar allí y funcionaba, la podría usar a su antojo.

   Tras dos semanas habituándose a su nueva vida en la bahía de San Francisco, decidió que había llegado el momento de ir en su busca. Había estudiado al milímetro la ubicación, y lo que tenía que hacer si la encontraba. Los granjeros, dueños del terreno donde estaba aparcada, le habían asegurado que estaría abierta y las llaves en su interior. Ellos no estarían, pero habían sido precavidos y le habían cargado la batería, pues no arrancó cuando la probaron.

   Desde San Francisco cogió un autobús que fue por la Highway 101 hasta Santa Rosa, donde se subió a un segundo bus que la dejaría a apenas 5 millas de su objetivo. “¿Seré capaz de encontrarla? ¿Funcionará?” Eran algunas de las dudas que pasaban por la mente de la ingeniera. Trataba de encontrarles una solución, de poder resolverlas como si fueran una operación matemática, de situarlas en el tablero de su padre, pero el futuro permanecía incierto. ¿Qué haría su padre en una situación así? Daba igual, porque estaba sola en su aventura, nadie sabía de sus intenciones. “¿Y si me ocurre algo? ¿quién podrá ayudarme?” Normalmente le hubieran preocupado estas cuestiones, pero echando un vistazo al bosque que veía por la ventanilla, y observando al resto de pasajeros, sintió que estaba saboreando las mieles de la aventura. Sentía un no sé qué en el estómago que le gustaba. Era algo suyo, enterrado, que latía en lo profundo de su alma, como magma en el fondo de un volcán.

   Con el traqueteo del bus se quedó dormida, y cuando despertó vio el mar. Eso significaba que no estaban lejos. Un rato después, tras preguntarle al conductor, se apeó en su destino. Ahora tocaba caminar. “Es cuestión de seguir la aplicación del móvil y en una hora llegaré a la furgo” -pensó.  Andaba por el arcén, y a ratos cambiaba de lado para ganar visibilidad de los coches, lo que hacía que tuviera que cruzar constantemente la carretera. A su izquierda, el sol se acercaba peligrosamente al horizonte. “Si me falta luz, quizás no logre encontrar la furgoneta” –pensó Luisa. Sin duda, se había hecho más tarde de lo que había estimado. Al poco se desvió a la derecha por una calle que se adentraba hacia el interior.

   Apenas había luz cuando alcanzó la altura a la que calculaba que debía estar el camino marcado. Mientras husmeaba entre los buzones para ver si coincidían con la dirección prevista, un coche se paró a su lado. La conductora le preguntó que quería. –Súbete, que yo te ayudaré a buscar el sitio.  -Tenía un rostro extraño aquella mujer que no invitaba a subirse. Aun así, Luisa calibró rápido la situación y se subió, no queriendo contrariarla. –Has tenido suerte, este no es un sitio en el que quieras perderte. Y menos con poca luz –y tras decir esto, la mujer esbozó una breve sonrisa, que le pareció tenebrosa a Luisa.

   El camino que tomaron se adentraba en un bosque denso, por lo que pronto la sensación fue que la noche les había alcanzado. Luisa no se encontraba a gusto con aquella mujer por algún motivo, y entonces al ver otra hilera de buzones tras un segundo desvío, se excusó en tener que bajar para inspeccionarlos y ver si alguno correspondía con la dirección buscada. La conductora la observaba desde su auto. Luisa se afanó por descubrir en alguno de aquellos buzones la dirección, pero no hubo suerte. En ese momento unas luces salieron del bosque. Se trataba de otro coche, que conducía una mujer con dos perros enormes en su interior. La nueva conductora tenía un rostro con arrugas bien marcadas y parecía enfadada, o al menos emanaba carácter. Bajó la ventanilla, y tras preguntar qué pasaba allí, y al decirle Luisa el nombre de la granjera, cambió el gesto de desconfianza y dijo que la conocía, que era su amiga. Y dicho esto, le hizo el gesto de que subiera al coche.

   Mientras acariciaba a uno de los perros para calmarse, se adentraban en aquel bosque a través de la más completa oscuridad entre caminos que a ella le parecían invisibles, pero que la conductora parecía dominar. Los perros, que en un principio se le antojaron fieras enormes, eran de tamaño mediano y bastante dóciles. Al poco llegaron a un claro donde de nuevo vio algo de luz. Y entonces la conductora le señaló con la mano. Delante suyo estaba la furgoneta. Cuando la iluminaron los faros vio que era una Ford roja. Al lado de ésta, un ciervo, en el que no se había fijado, las miró asustado, y tras girar veloz su cuerpo, brincó y desapareció en el bosque.

  Aunque algo vieja, le pareció mejor de lo que había imaginado. Rápidamente se subió al asiento del copiloto y estuvo palpando hasta dar con la llave en el hueco entre los asientos donde le habían dicho que estaría. Introdujo la llave en el contacto y giró, y el motor emitió un sonido ahogado y seco, como una tos de un animal cansado y viejo. – ¡Mierda, después de todo el puto viaje! –se quejó a los cielos Luisa- me he quedado a las puertas. -Y fue entonces cuando sintió que una fuerza desconocida le daba un manotazo al tablero y todas las piezas se desmoronaban en el vacío. 

Historias de California II: Desde el autobús

Historias de California II: Desde el autobús

Al arrancar me fijé que a esas horas el 51 iba casi vacío. Apenas eramos tres pasajeros más el conductor. Me fui a la parte de atrás. Desde el fondo del bus tengo un punto de vista global de lo que sucede. Paso al día más de una hora en este medio de transporte, así que he desarrollado esta costumbre. Aunque nunca me siento en los asientos finales, sino en la penúltima hilera, porqué los del fondo tiemblan como si tuvieran miedo de estar cerca del motor. Desde mi posición, con la paciencia de un pescador, estoy dispuesto a capturar una conversación, una mirada, tratar de imaginar un mundo tras los cristales de las gafas del pasajero de al lado, o quizás hasta adivinar el estado de ánimo escondido tras la voz del conductor.

En la siguiente parada, el conductor, tras mantener una breve conversación con alguien que pretendía subir, se aproximó a las puertas de atrás lamentándose.

– ¡Otra vez esta mujer! El otro día ya la subí…

No entendí todo lo que decía, pero al mirarme no pude evitar decirle:

– Ya, pero es su deber hacerlo.

– ¡Exacto!, tengo que hacerlo porque forma parte de mi trabajo –me contestó.

Después de unos segundos acompañados del sonido robótico de la plataforma, una mujer accedió al autobús con varios bultos. Todo indicaba que llevaba sus pertenencias a cuestas como muchos otros habitantes de aquella ciudad que carecen de un techo donde guarecerse. Aunque a diferencia de otros homeless, como los llaman aquí, esta mujer emanaba cierta tranquilidad, y en cuanto se acomodó en su asiento con su carrito al costado, comenzó a hablar con el pasajero de al lado, un señor que bien podría estar jubilado. Él hablaba de su hija, según alcancé a oír, y de las muchas ganas que tenía de pasar esos días de Acción de Gracias con la familia. Su interlocutora asentía moviendo la cabeza. Llevaba unas gafas chillonas de color rojo, de las que uno esperaría que llevara alguien en una discoteca. Aunque parecía su estilo, pues dentro del carrito, le acompañaba una bolsa grande forrada de diferentes superhéroes de todos los colores imaginables, que a su vez no desentonaba con el patrón de caras sonrientes que componían el dibujo de su chaqueta. Y coronando su cabeza, un sombrero de ala circular, similar al de las brujas, aunque no tan puntiagudo. Con aquel atuendo no podía saber si aquella mujer tenía cuarenta o setenta años. Me recordaba a alguien… ¡Ah sí, ya sé a quién! A un personaje que salía en “Dentro del Laberinto”, aquella extraña mujer que vivía en un basurero, y que en un momento dado invitaba a la protagonista a su casa, y luego ésta se desmoronaba en una cascada de basura, transformando la escena como si todo hubiera sido un sueño. Pero, esta mujer, a pesar de su aspecto fantástico, no había duda que era de carne y hueso.

Cuando llegué a mi parada, atravesé el autobús para bajarme por la puerta delantera como suelo hacer para despedirme del conductor. Y al darle las gracias me dijo:

– No me gustaría que pensara que soy una mala persona.

– No, tranquilo –le aseguré, esbozando una sonrisa de complicidad– estoy convencido que usted no es una mala persona.

Y al oír mis palabras su mirada se alivió, como liberada de una pesada carga. Bajé del autobús, y cuando arrancó, me dio tiempo a girar la cabeza y echar un vistazo al conductor, y por último a aquella extraña mujer cuya sola existencia me parecía asombrosa, aunque al mismo tiempo triste.

Unos días después, mientras esperaba en una parada a media noche, volví a ver a aquella mujer bajando de un autobús. Entonces se apoyó sobre un banco de piedra que hacía de parada y cerró los ojos, como tratando de quedarse dormida. Quizás lo lograse y soñara con despertar en una humilde casa, aunque fuera construida sobre un vertedero.

Apareció mi autobús y me subí, y no pude evitar volver a mirar a aquella mujer, y desear con todas mis fuerzas que su sueño se hiciera realidad.

Historias de California: 1. De paso

Historias de California: 1. De paso

   Paso a diario por Oakland, unas de las principales ciudades de la bahía de San Francisco. Me limito a hacer el transbordo entre bus y metro por las mañanas, y luego al contrario al regresar del trabajo por las tardes. Así de lunes a viernes. Lo curioso es que todavía no me he adentrado en esta ciudad. Al principio fue por miedo, ya que mi jefe me comentó que hace unos años fue la ciudad de Estados Unidos con más apuñalamientos por ciudadano. No soy de creer en los promedios, pero esta estadística me acojonó bastante.

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Vacíos

Vacíos

Hoy, tras unos días de actividad laboral y ocio nocturno intensos he decidido parar. Stop.

Esta mañana he abierto un espacio en mi ajetreada vida. O un tiempo. No sé cuál es la diferencia en este preciso momento desde donde escribo. Seguro que podría haber elegido seguir haciendo muchas cosas de las que habitualmente ocupan mi actividad: responder mails, hacer llamadas, crear y editar un sinfín de documentos en el ordenador, y cosas así. Pero como tengo la suerte de tener un trabajo flexible, mientras tomaba un buen café con leche, me he puesto a leer con calma un artículo de “El País”. Se trataba de un artículo sobre astrofísica. Era bastante extenso para aspirar a su lectura un día laborable sin el riesgo de robarle tiempo a otras tareas, pero era un lujo que estaba dispuesto a concederme. Saborear cada palabra, cada segundo, viajar por el espacio sideral por puro placer de cosmonauta de la imaginación. Y aunque en ese momento no me he dado cuenta, el interés repentino en un asunto espacial –nada habitual en mí- quizás venía explicado por lo sucedido la noche anterior.

Ayer estuve con unos amigos en un concierto de música electrónica. Tras el DJ, una proyección de vídeos en 3D de viajes por el espacio exterior servían de acompañamiento a la música Ambient. En ellos, la cámara avanzaba entre planetas desiertos, cinturones de asteroides y efectos de viajes por el hiperespacio. En cuanto a la música, no tengo ni idea de música electrónica, pero uno de mis colegas, erudito en estos terrenos, la calificó de refinada”. El DJ pinchaba encorvado sobre su Mac, mirando con atención la pantalla a través de sus gafas de pasta enormes. Debíamos ser unas pocas decenas de espectadores, esparcidos en pequeños grupos, como constelaciones, por el suelo de piedra del recinto, un antiguo matadero municipal reconvertido en centro cultural de moda. Sobre nuestras cabezas, el raquítico manto de estrellas cubría la ciudad.

En aquel patio, mientras sentía en mis nalgas como se clavaba el duro suelo del patio, me llamó la atención la ausencia de expresión en el rostro de la mayoría de los presentes. Entre el público creí reconocer a una chica que me resultaba familiar, pero no lograba dar con el sitio donde pertenecía, ni el momento en el que la había conocido. Estaba oscuro, y no sabía hasta que punto mi imaginación completaba sus rasgos acercándolos a los de alguna antigua amante de algún tiempo lejano. Desde luego no de éste, en el que no me comía un rosco. Algunos fumaban, otros bebían cerveza en vasos de plástico de litro. Apenas hablaban. Parecían abducidos por el singular espacio sonoro creado por el músico, que ostentaba el pomposo nombre de DJ Quantik. Creaba los sonidos superponiendo capas y texturas que subía de golpe, vertiginosamente, y cuyo efecto era como el de pequeñas explosiones que tuvieran lugar en los altavoces. Un crítico musical presente describiría luego el sonido en prensa como “…más que pinchar, emitía partículas sonoras que surgían de la nada, de un extraño vacío en el que todos nos metíamos.”

Pero volvamos a la mañana que nos ocupa. En mi casa, frente a la pantalla del ordenador. ¿O no es así, y de algún modo sigo allí, hipnotizado por la música electrónica? Mientras leía, las manecillas del reloj que tengo sobre el quicio de la puerta seguían girando y emitiendo ese sonido que me recordaba a los ritmos electrónicos de la noche anterior. Cada tic-tac era como un acompañamiento musical que me iba metiendo más y más en el artículo. La entrevistada por la periodista de “El País” era una reputada astrofísica de Cambridge que también trabajaba en el CERN, el principal centro de aceleración de partículas europeo. Grosso modo, y sin entrar en detalles del tema en los que desde luego no soy experto, esta mujer a la que llamaremos Emily sostenía que se ha demostrado que el universo está en expansión. Y como está creciendo, las partículas se van alejando las unas de las otras y se generan espacios vacíos, lugares sin gases, ni moléculas, ni nada. Nuestro universo se supone que está repleto de estos espacios. La entrevistada me estaba pareciendo algo depresiva hasta el momento con frases como “El universo terminará en una nada fría y oscura”, que me recordaban al histrionismo depresivo de un Woody Allen en pleno ataque de angustia existencial. Y nada más lejos de la realidad, porque esta mujer de repente continuó apasionadamente su relato espacial diciendo que en estos vacíos, repletos de nada, gracias a la física cuántica podían surgir “como por arte de magia” partículas. Y esto ocurría según Emily por las fluctuaciones cuánticas, que precisamente por ser cuánticas, eran de naturaleza azarosa, y por tanto absolutamente impredecibles. Y entonces estas manifestaciones de energía expandían más si cabe el universo generando a su vez mayores vacíos que alimentaban de nuevo el proceso cíclicamente hasta no se sabe cuales consecuencias. Llegados a ese punto ya no pude continuar, me pareció demasiado para una mañana de viernes.

Así que decidí regresar a la actividad, y me dije “voy a limpiar el baño”, sin duda un último recurso para evitar ponerme con alguna tarea más importante. Entonces, cuando me estaba poniendo los guantes de plástico, sonó el timbre de la calle.

-Perdona, pero soy Rafaela, la vecina del tercero. Se me han olvidado las llaves –escuché a través del interfono.

Cuando abrí la puerta de mi casa pude ver que se trataba de una chica con un piercing en la nariz. Entonces la reconocí. ¡La joven cuya silueta había visto bailando próxima a DJ Quantik!

– ¡Ah, si eres tú! –le dije sorprendido. Nos habíamos cruzado en el portal un mes atrás. En el brazo izquierdo llevaba agarrado un cuadro donde fugazmente alcancé a ver un cielo estrellado mal pintado. Y en su mano izquierda, antes de que pudiera ver qué era, acercó una caja que me aproximó, diciendo – ¿Quieres? -y del interior asomaron no menos de un kilo de cerezas.

Y así, comiendo cerezas y viendo jugar a mi gata con los huesos de éstas, mi nueva vecina me contaba historias de sus viajes hasta llegar a Madrid hace poco más de un mes. No tuve más remedio que dar por finiquitado el vacío de aquella mañana que objetivamente se estaba llenando de actividad. Y mirando el reloj, sonreí y me acordé de Emily, porqué sentí que Rafaela y sus cerezas eran como sus partículas cuánticas. Habían surgido de la nada. Pero eran un impulso, y sin duda, eran bienvenidas en mi pequeño mundo. Un universo repleto, nos guste o no, de innumerables vacíos.