Historias de California: Días extraños

Historias de California: Días extraños

La cola serpenteaba entre los pasillos como un animal ávido de mascarillas. En aquella ferretería, la única donde no se habían agotado, más de cien personas buscábamos lo mismo: respirar. Había en el ambiente esa especia de paranoia tan de aquí. Uno esperaba que en cualquier momento apareciera gente mordiendo a otra. Sí, la escena recordaba a un apocalipsis zombi. A través de la ansiedad reinante esperé estoicamente mi turno y me hice con mi ración de dos mascarillas.

Estando en la cola, traté de recordar como habíamos llegado a esta situación. Apenas unos días antes todavía no había llegado la gran nube. Ni siquiera había comenzado el fuego. Antes de estos días extraños, el sol reinaba poderoso en lo alto y nada hacía presagiar lo que ocurriría.

Días atrás caminaba por una de las avenidas más concurridas del Campus y me fijé en las asociaciones de estudiantes. Unos vendían dulces para financiarse un viaje, otros buscaban actores para un casting, y luego estaban las hermandades: Alpha-omega, Beta-gamma, etc. buscando algún despistado a quien captar. Pensaba en lo idílico de la escena, cuando una chica joven se plantó delante de mí sin darme tiempo a reaccionar. Me pareció guapa. Su puesto pretendía concienciar sobre el medio ambiente, la huella de carbono y cosas así. Le seguí la bola, y a petición suya hice girar una rueda de la fortuna que habían confeccionado. Luego me entregó un ticket válido por un café. Según me contó se llamaba Erika y era de origen sueco. Al decirle que era español se le iluminaron los ojos, y en seguida se puso a hablar español conmigo. Me sorprendió que lo hablara tan bien. Por lo visto había hecho un Erasmus en Barcelona, y se había quedado con ganas de conocer Madrid, mi ciudad.

-Si quieres te invito a un café mañana y me cuentas más –le dije.

-Ah, vale. Me parece estupendo. Así practico un poco el español.

-Claro, y yo el inglés que me hace más falta que a ti el español creo –y al decirle esto sonrió, y me fijé en su dentadura, maravillándome ante su perfección.

El chico que nos servía el café dibujó un corazón perfecto sobre la leche. Más le valía, porque el capuccino de la cafetería de ciencias ambientales costaba cuatro dólares. Aunque bien los valía hoy, y además uno me saldría gratis. Fuimos a la terraza y me pareció raro que no hubiera nadie. Tras quemarme los labios por impaciente, miré el cielo y me dio la sensación que estaba cargado. Una especia de niebla lo cubría todo; “quizás estén quemando algo” -pensé. Más tarde me enteraría que los incendios que sucedían a decenas de kilómetros lo provocaban. “No se ha visto algo así nunca” -dijeron. Aunque siempre dicen esas cosas cuando llegan las tragedias. Que nunca se ha visto. Hasta que se ve, claro.  

Entre sorbo y sorbo salió el tema de los dioses vikingos. Le sorprendió que yo supiera un poco de mitología nórdica. De pequeño, en la buhardilla de mi casa, donde albergábamos la biblioteca familiar, tenía un libro ilustrado, y en las tardes oscuras de invierno, preferiblemente en las de tormenta, subía y cogía aquel libro. Me maravillaban las ilustraciones de Odín, Thor, y otros moradores de aquellos mundos míticos que se sucedían en los fiordos. Levantamos la vista más allá del Campus, y apenas era perceptible la silueta de las colinas de Berkeley. Las majestuosas casas que reinaban desde lo alto se habían esfumado, incluso los edificios de las facultades del Campus se escondían tras la niebla. Todo el mundo visible se reducía a nosotros dos, unas pocas ardillas y un cuervo solitario. Nos miramos inquietos, como si aquel escenario no fuera real, como si nosotros también habitáramos un espacio mítico, fuera del tiempo, y nuestros fiordos fueran aquellas colinas a las que una niebla de ceniza o lo que fuera aquello las vestía de gris.

Dos días después volvía a caminar por aquel pasillo del Campus donde el bullicio de los puestos de estudiantes era sólo un eco lejano. Todo era ceniza y niebla. No había nadie. La universidad había cancelado las clases indefinidamente. Según la escala empleada, el nivel de polución era varias veces superior al de Pekín. Aquella mañana caminaba por la ciudad más contaminada de la tierra. La tos no tardó en aparecer. Llevaba días viendo a la gente con mascarillas. Al principio me había parecido una exageración, pero ahora me proponía imitarles.

Cuando salí de la ferretería me crucé con Erika –no hace falta que esperes, te dejo una -le dije. Y con nuestras mascarillas puestas nos fuimos andando hacia el campus. Apenas se veía gente. Un cuervo pasó a nuestro lado, tenía una sola pata, pero se las apañaba para volar. Apenas veíamos hacia dónde íbamos, y yo todavía menos, pues se me empañaban las gafas al respirar. El mundo parecía llegar a su fin. No era fácil pensar con claridad con aquella ceniza revoloteando sobre nuestras cabezas, y con la niebla envolviendo todo. Nos miramos como si quisiéramos atestiguar que aquello era real. Seguimos caminando hacia donde una vez estuvo el Campus. No podíamos verlo. Las colinas de Berkeley también eran un recuerdo lejano. Nos cogimos de la mano. Un rato después, cansados de llevarlas, nos quitamos las mascarillas, y sin pensarlo dos veces, nos ahogamos en un beso.

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Historias de California: La furgoneta (parte II)

Historias de California: La furgoneta (parte II)

   Aunque algo vieja, le pareció mejor de lo que había imaginado. Rápidamente se subió al asiento del piloto y estuvo palpando hasta dar con la llave en el hueco entre los asientos donde le habían dicho que estaría. Introdujo la llave en el contacto y la giró. El motor emitió un sonido ahogado y seco, como una tos de un animal cansado y viejo. -¡Mierda, después de todo el puto viaje! –se quejó a los cielos Luisa- me he quedado a las puertas. -Y fue entonces cuando sintió que una fuerza desconocida le daba un manotazo al tablero y todas las piezas se desmoronaban en el vacío.

   Tras maldecir Luisa, la mujer se acercó con unas pinzas para lbatería. Pusieron los cables rojo y negro en sus respectivas posiciones y de nuevo probó suerte. Tras amagar con la misma tos, prendió, y entonces, como en las películas cuando el protagonista logra una hazaña, le surgió a Luisa un grito de alegría, casi ridículo. La mujer sonrió y le dijo que haría bien en echar gasolina, pues no quedaba mucha. Antes de despedirse, le enseñó cómo funcionaban los cambios automáticos.

   Minutos después Luisa conducía alegremente hacía la gasolinera. Presentía que este iba a ser el inicio de una gran aventura. Se abrían nuevos horizontes a lomos de aquella fantástica Ford. Decidió que la llamaría the deer –el ciervo-. En la gasolinera, tras aparcar la furgoneta al lado del surtidor, se dio cuenta que la había colocado al revés, pues no llegaba la manguera. Volvió a montar para subsanar el error, pero entonces la furgoneta no arrancó. A la segunda tampoco. Ni a la tercera. La cara de Luisa se contrajo en una mueca que mezclaba el pánico con la angustia. “Estoy jodida” -pensó. Entró en la tienda de la gasolinera para pedir ayuda. El vendedor estaba detrás del mostrador parapetado tras decenas de productos. Fue verla venir y puso cara de “me vas a joder la noche”. Pero luego se enrolló y le ayudó a empujar la furgo hasta la parte de atrás de la gasolinera, tras lo cual se volvió a meter a la tienda.

   Hasta el séptimo coche que preguntó no obtuvo un “sí”. Eran dos chicas jóvenes. Sin embargo los cables no lograron arrancar la furgo. Le explicaron donde encontraría una tienda de repuestos de coches, aunque al ser domingo por la noche, tendría que esperar al día siguiente. Llegó a pensar en alquilar una habitación para dormir, pero había un problema logístico, la furgoneta se había quedado con la ventana del piloto bajada, y como no tenía corriente no se podía subir. Una vez aceptado que no podía hacer nada, se compró una botella de vino de California con tapón de rosca. Unos tragos de vino unidos a que no tenía mucho que hacer ayudaron a que le entrara el sueño. Preparó las cosas y se fue al colchón de la parte de atrás. Estuvo buscando alguna manta, pero apenas encontró una toalla vieja. Hacía fresco al estar tan cerca de la costa. En una bolsa encontró un jersey que olía a cuadra, pero que le pareció de cachemira. Se tumbó y dejó que sus pensamientos la condujeran, entre escalofríos e inquietudes, hacia el sueño.

   Al despertar la recibió el frío. Una sombra se movía tras los cristales. Se incorporó un poco y echó un vistazo alrededor. A pocos metros alguien pasaba con un carrito mientras miraba a Luisa, y al ver que ésta se movía saludó. Luisa devolvió el saludo y volvió a hacerse un ovillo como si nada hubiera ocurrido. A los pocos segundos volvió a sentir una presencia, se reincorporó y vio como una cabeza asomaba por dentro del vehículo. Era el homeless de antes, o al menos lo parecía por su aspecto desaliñado y el hecho de merodear por ahí a esas horas. – ¿Quieres fumar? –le dijo la cabeza a Luisa mientras sujetaba un canuto entre sus dedos. –No, gracias –y esbozó la mejor de sus sonrisas, como si todos los días le ofrecieran marihuana así. El gesto debió convencer al fumador, pues sacó su cabeza del coche y se alejó del coche hacia la oscuridad de la noche. A Luisa le latía con fuerza el corazón, pero luego se tranquilizó gracias al vino y volvió a dormirse.

   Una boca pastosa fue lo primero que sintió al despertar. Tras espabilarse, se fue en busca de la tienda que le habían comentado. Allí convenció al dependiente mexicano para que fuera a instalarle la batería. En un abrir y cerrar de ojos se la colocó y así pudo reanudar la marcha.

   Por la Highway 1 las vistas resultaron muy variadas. En un momento dado contemplaba la belleza de la costa del pacífico con sus acantilados rocosos, sus árboles dibujando extrañas formas, la promesa de ver alguna ballena a lo lejos, y un rato después se adentraba en un bosque de secuoyas donde apenas penetraba la luz y el tiempo parecía haberse detenido. Y fue así, como regresó conduciendo a Oakland, y tras aparcar la furgoneta se olvidó de ella unos días.

   La semana de trabajo fue exigente, pues todo era nuevo para ella. Frente al ordenador pensaba en su furgoneta, y en donde iría cuando llegara el fin de semana. Se acordó entonces que la furgo no tenía seguro, pues dependía de Alex para formalizarlo y no conseguía contactar con él. Ahora que se acordaba, su colega le había comentado que se iba al Amazonas a trabajar con una ONG.

   Llegó el fin de semana y decidió coger la furgo para ir a una reserva cercana donde le había comentado un colega del trabajo que podría divisar diferentes pájaros, que por algún motivo le fascinaban más que nunca. De camino al rebuscar en la furgoneta,descubrió una bolsita con un par de cogollos de marihuana. Le inquietó la idea de que estuviera allí, pero luego, al parar a por gasolina, vio papel de fumar y lo compró. Al rato, mientras oteaba el pacífico en busca de ballenas y observaba las bandadas de patos sobre el mar, se hizo un porro como pudo–años atrás siempre había otro que los hacía-. Tras darle dos caladas, recordó esa sensación en los pulmones casi olvidada, desde primer año de carrera quizás. Con una sonrisa en la boca lo apagó y emprendió su camino devuelta.

   Mientras conducía le excitaba la idea de no tener los papeles en regla. Por primera vez en su vida tenía la sensación de ser completamente independiente. Sensación que renovaba cada vez que llegaba el fin de semana y cogía la furgo. Estaba viviendo su propio sueño americano, mucho mejor que el original. Había empezado incluso a fantasear con empezar una nueva vida aquí. Una vida diferente. Incluso, porqué no, una vida sin Carlos.

   Fue unos días por trabajo a San Diego. A la vuelta, al acercarse a su casa, vio que la furgoneta no estaba donde la dejó. Se asustó, pero decidió preguntar a la dueña de la casa antes que nada. Tras llevar a cabo ésta su pequeña investigación, descubrió que el coche de seguridad de la zona donde vivía, al ver que el vehículo no se movía durante varios días, y unido al hecho que la matrícula estaba caducada, decidió llamar a la grúa. Es cierto que la dueña de la casa le había comentado que moviera la furgoneta de vez en cuando, pero no con qué frecuencia debía hacerlo, y en las semanas que llevaba aparcando no había recibido ningún aviso.

   Habló con Bob, el jefe de los Terry Brothers, la empresa que le había retirado el vehículo. Por lo visto no podía recuperar la furgo, pues no era la dueña ni tenía los papeles. Le quiso explicar la situación, pero el hombre parecía no querer hacer una excepción. Además, Alex, el dueño de la furgoneta, seguía sin responder. La tarifa para recuperarla ascendía ya a 500$. Y lo peor era que cada día subía 100$. “Menuda panda de piratas” –pensó Luisa. No sabía qué hacer. Le daba vergüenza hablarlo con Carlos, o con su padre, pues le echarían la bronca por conducir sin papeles ni seguro. Trató de hablar con la dueña de la casa, por sí podía ayudarla, pero los Terry Brothers exigían que fuera el dueño del vehículo o alguien autorizado el que la rescatara.

   Cinco días después logró hablar con Alex. Se indignó mucho con la situación. Pero tampoco la culpó, ni la recriminó nada. Le comentó que no podría autorizarla a través de un notario, pues él estaba muy limitado desde donde estaba. Qué le fuera informando de cuánto pudiese y que ya hablaría él con los Terry Brothers. Según supo luego Luisa, Bob le amenazó a Alex con qué si en una semana no pagaban el precio del rescate, la desguazarían y la venderían por piezas.

   Luisa y Alex trataron de hablar con los del seguro para ver si podían de alguna manera legalizar la situación de la furgo. Pero el proceso era lento. Exigían una seria de firmas,de documentos originales, y este proceso conllevaría no pocos días.

   Tenía un ciervo, y se lo enseñaba a todo el mundo orgullosa. Era su mascota, pero también galopaba sobre él. En un momento dado lo descubrían Carlos y su padre, y no parecían contentos. Se iban a hablar con un personaje misterioso. Resultó que era Bob, y llevaba un hacha en la mano. Luisa comenzaba a gritar. Pero Bob no hacía caso, y levantó el hacha sobre el animal. Luisa se despertó.

  En la cama, tras el horrible sueño, lo decidió. Llamó al trabajo y dijo que estaba mala y que hoy no iría. Nunca había hecho algo así, y le recordó a aquellos días en que afectada por algo importante se hacía la enferma para no ir al instituto. Se fue a la gasolinera y compró gasolina. Metió la garrafa dentro de una mochila de deporte y se fue a la dirección que marcaba la aplicación. Cuando se aproximaba a su objetivo vio que se abría una puerta. Y entonces la vio, rodeada de coches desguazados, en un parking al aire libre, allí estaba su querida the deer. Era de las primeras en una hilera que enfilaba hacia una máquina gigante que parecía ser la que desguazaba. Ese era el momento de aplicar la estrategia. Lo había visto cientos de veces sobre el tablero de su padre, y quizás también en las películas. La estrategia del despiste. Vertió la gasolina sobre unos trapos, los prendió, y los lanzó al lado contrario del garaje. Al minuto la columna de humo era visible, había tenido suerte y un neumático había comenzado a arder. Se oyeron unos gritos con acento mexicano, y dos trabajadores aparecieron con unos bidones de agua. Este era el momento de atacar sobre el rey, de abalanzarse sin piedad sobre el enroque. Se aproximó con sigilo a la furgoneta, introdujo la llave y entró. En ese momento la máquina trituradora de coches empezó a funcionar, así que aprovechó para arrancar, y acto seguido maniobró lo más rápido que pudo para sacar el vehículo de la fila que conducía al “matadero”. En unos segundos lo había logrado, franqueaba las puertas y estaba de nuevo en la calle, gritando para descargar la adrenalina acumulada. Y al galope de aquel animal se alejó.

   A los meses, días antes de regresar a España, volvió al lugar donde había visto a su querida the deer por primera vez. Y allí la aparcó, como si nada hubiera ocurrido, como si hubiera sido un sueño.

La furgoneta – parte I

   Luisa llevaba planeando su viaje de empresa meses. Todavía no había puesto los pies en California, pero ya sabía dónde compraría los alimentos sin gluten que necesitaba. Ella era así. Desde la carrera había seguido los pasos de su padre para convertirse en una ingeniera con la cabeza bien formada. Nada quedaba fuera de su control. Y esta vez no iba a ser menos.

   Todo estaba perfectamente organizado. Trabajaría en el centro de Oakland, una ciudad al este de la bahía de San Francisco, y viviría en una habitación en la misma ciudad, pues con los elevados precios no se podía permitir vivir sola. “Coloca primero las piezas en casillas importantes” le había dicho su padre, gran aficionado al ajedrez; juego que en su familia se pensaba que era de hombres. Incluso sin haber jugado mucho, tan sólo con los principios de este juego dando vueltas por el salón de su casa familiar como mantras, se imaginaba como California no era más que otro tablero donde sacar las piezas de su familia, y tras colocarlas en lugares estratégicos, tener el control de la partida, para obtener una ventaja más hacía su éxito profesional.

   Y como todo no iba a ser trabajo, Luisa pensó que debía tener ocio durante su estancia. Además, su novio no podría desplazarse durante ese tiempo, ya que se encontraba en un periodo delicado a nivel laboral. Aunque ahora que lo pensaba, “¿cuándo no se había encontrado Carlos en un momento delicado?” Se suponía que la boda, un movimiento más en la partida perfecta de su vida, tendría lugar poco tiempo después de su regreso a España tras los meses en California. Pero aquí estaba ella ahora: sola y sin su prometido, y sin la sombra de su padre alrededor.

   Unos días antes de partir, Luisa se encontraba en la casa del Libro de Madrid, cuando se encontró con un antiguo ligue del instituto.

– Pero bueno, ¿qué haces aquí Luisa? ¿Qué es de tu vida? –le dijo con su característico entusiasmo Alex tras darle dos besos.

– Ya ves, aquí preparando un viaje.

– ¿Tú preparando un viaje? ¿Desde cuándo? Pero si tú eras de las que cogía la mochila y tirar a donde fuera de cualquier manera. –Y los dos rieron, pero Luisa volvió con brusquedad a un rictus serio.

– Estás de coña, ¿no? ¿De verdad qué yo era así?

– Pero mujer, acuérdate de cuando fuimos a aquella acampada a la sierra… -y Alex, viendo que algo parecía incomodarle a Luisa, cambió de tema rápidamente –Bueno, veo que te vas a los “Estates”. Pues justo estuve el año pasado por allí… -y así siguieron hablando un rato, durante el cual Alex le comentó que había dejado medio abandonada una furgoneta en medio del campo al norte de California

   Delante se extendía una carretera infinitamente recta, y al fondo enormes montañas cubrían el horizonte en un paisaje típico americano. Conducía feliz hasta que en el espejo retrovisor le pareció ver a alguien. Era su padre, que iba de copiloto y Carlos, detrás, que le indicaban como debía conducir y le preguntaban si sabía a donde iba. Ella giraba su cabeza para prestarles atención, y en un momento de despiste un ciervo cruzó la carretera y no pudo evitar atropellarlo. Luisa despertó entre sudores. Hacía tiempo que no tenía un sueño tan intenso.

   En el avión de camino a San Francisco fantaseó con la furgo, y en cuanto aterrizó llamó a Alex para preguntarle los detalles necesarios. Por lo visto la furgoneta estaba abandonada a varias millas de un pueblo al norte, cerca de Mendocino, en la costa del pacífico. Llevaba cerca de un año allí. Las llaves las tenían los granjeros para los que trabajó Alex. Estaba algo lejos, pero si era capaz de llegar allí y funcionaba, la podría usar a su antojo.

   Tras dos semanas habituándose a su nueva vida en la bahía de San Francisco, decidió que había llegado el momento de ir en su busca. Había estudiado al milímetro la ubicación, y lo que tenía que hacer si la encontraba. Los granjeros, dueños del terreno donde estaba aparcada, le habían asegurado que estaría abierta y las llaves en su interior. Ellos no estarían, pero habían sido precavidos y le habían cargado la batería, pues no arrancó cuando la probaron.

   Desde San Francisco cogió un autobús que fue por la Highway 101 hasta Santa Rosa, donde se subió a un segundo bus que la dejaría a apenas 5 millas de su objetivo. “¿Seré capaz de encontrarla? ¿Funcionará?” Eran algunas de las dudas que pasaban por la mente de la ingeniera. Trataba de encontrarles una solución, de poder resolverlas como si fueran una operación matemática, de situarlas en el tablero de su padre, pero el futuro permanecía incierto. ¿Qué haría su padre en una situación así? Daba igual, porque estaba sola en su aventura, nadie sabía de sus intenciones. “¿Y si me ocurre algo? ¿quién podrá ayudarme?” Normalmente le hubieran preocupado estas cuestiones, pero echando un vistazo al bosque que veía por la ventanilla, y observando al resto de pasajeros, sintió que estaba saboreando las mieles de la aventura. Sentía un no sé qué en el estómago que le gustaba. Era algo suyo, enterrado, que latía en lo profundo de su alma, como magma en el fondo de un volcán.

   Con el traqueteo del bus se quedó dormida, y cuando despertó vio el mar. Eso significaba que no estaban lejos. Un rato después, tras preguntarle al conductor, se apeó en su destino. Ahora tocaba caminar. “Es cuestión de seguir la aplicación del móvil y en una hora llegaré a la furgo” -pensó.  Andaba por el arcén, y a ratos cambiaba de lado para ganar visibilidad de los coches, lo que hacía que tuviera que cruzar constantemente la carretera. A su izquierda, el sol se acercaba peligrosamente al horizonte. “Si me falta luz, quizás no logre encontrar la furgoneta” –pensó Luisa. Sin duda, se había hecho más tarde de lo que había estimado. Al poco se desvió a la derecha por una calle que se adentraba hacia el interior.

   Apenas había luz cuando alcanzó la altura a la que calculaba que debía estar el camino marcado. Mientras husmeaba entre los buzones para ver si coincidían con la dirección prevista, un coche se paró a su lado. La conductora le preguntó que quería. –Súbete, que yo te ayudaré a buscar el sitio.  -Tenía un rostro extraño aquella mujer que no invitaba a subirse. Aun así, Luisa calibró rápido la situación y se subió, no queriendo contrariarla. –Has tenido suerte, este no es un sitio en el que quieras perderte. Y menos con poca luz –y tras decir esto, la mujer esbozó una breve sonrisa, que le pareció tenebrosa a Luisa.

   El camino que tomaron se adentraba en un bosque denso, por lo que pronto la sensación fue que la noche les había alcanzado. Luisa no se encontraba a gusto con aquella mujer por algún motivo, y entonces al ver otra hilera de buzones tras un segundo desvío, se excusó en tener que bajar para inspeccionarlos y ver si alguno correspondía con la dirección buscada. La conductora la observaba desde su auto. Luisa se afanó por descubrir en alguno de aquellos buzones la dirección, pero no hubo suerte. En ese momento unas luces salieron del bosque. Se trataba de otro coche, que conducía una mujer con dos perros enormes en su interior. La nueva conductora tenía un rostro con arrugas bien marcadas y parecía enfadada, o al menos emanaba carácter. Bajó la ventanilla, y tras preguntar qué pasaba allí, y al decirle Luisa el nombre de la granjera, cambió el gesto de desconfianza y dijo que la conocía, que era su amiga. Y dicho esto, le hizo el gesto de que subiera al coche.

   Mientras acariciaba a uno de los perros para calmarse, se adentraban en aquel bosque a través de la más completa oscuridad entre caminos que a ella le parecían invisibles, pero que la conductora parecía dominar. Los perros, que en un principio se le antojaron fieras enormes, eran de tamaño mediano y bastante dóciles. Al poco llegaron a un claro donde de nuevo vio algo de luz. Y entonces la conductora le señaló con la mano. Delante suyo estaba la furgoneta. Cuando la iluminaron los faros vio que era una Ford roja. Al lado de ésta, un ciervo, en el que no se había fijado, las miró asustado, y tras girar veloz su cuerpo, brincó y desapareció en el bosque.

  Aunque algo vieja, le pareció mejor de lo que había imaginado. Rápidamente se subió al asiento del copiloto y estuvo palpando hasta dar con la llave en el hueco entre los asientos donde le habían dicho que estaría. Introdujo la llave en el contacto y giró, y el motor emitió un sonido ahogado y seco, como una tos de un animal cansado y viejo. – ¡Mierda, después de todo el puto viaje! –se quejó a los cielos Luisa- me he quedado a las puertas. -Y fue entonces cuando sintió que una fuerza desconocida le daba un manotazo al tablero y todas las piezas se desmoronaban en el vacío. 

Historias de California II: Desde el autobús

Historias de California II: Desde el autobús

Al arrancar me fijé que a esas horas el 51 iba casi vacío. Apenas eramos tres pasajeros más el conductor. Me fui a la parte de atrás. Desde el fondo del bus tengo un punto de vista global de lo que sucede. Paso al día más de una hora en este medio de transporte, así que he desarrollado esta costumbre. Aunque nunca me siento en los asientos finales, sino en la penúltima hilera, porqué los del fondo tiemblan como si tuvieran miedo de estar cerca del motor. Desde mi posición, con la paciencia de un pescador, estoy dispuesto a capturar una conversación, una mirada, tratar de imaginar un mundo tras los cristales de las gafas del pasajero de al lado, o quizás hasta adivinar el estado de ánimo escondido tras la voz del conductor.

En la siguiente parada, el conductor, tras mantener una breve conversación con alguien que pretendía subir, se aproximó a las puertas de atrás lamentándose.

– ¡Otra vez esta mujer! El otro día ya la subí…

No entendí todo lo que decía, pero al mirarme no pude evitar decirle:

– Ya, pero es su deber hacerlo.

– ¡Exacto!, tengo que hacerlo porque forma parte de mi trabajo –me contestó.

Después de unos segundos acompañados del sonido robótico de la plataforma, una mujer accedió al autobús con varios bultos. Todo indicaba que llevaba sus pertenencias a cuestas como muchos otros habitantes de aquella ciudad que carecen de un techo donde guarecerse. Aunque a diferencia de otros homeless, como los llaman aquí, esta mujer emanaba cierta tranquilidad, y en cuanto se acomodó en su asiento con su carrito al costado, comenzó a hablar con el pasajero de al lado, un señor que bien podría estar jubilado. Él hablaba de su hija, según alcancé a oír, y de las muchas ganas que tenía de pasar esos días de Acción de Gracias con la familia. Su interlocutora asentía moviendo la cabeza. Llevaba unas gafas chillonas de color rojo, de las que uno esperaría que llevara alguien en una discoteca. Aunque parecía su estilo, pues dentro del carrito, le acompañaba una bolsa grande forrada de diferentes superhéroes de todos los colores imaginables, que a su vez no desentonaba con el patrón de caras sonrientes que componían el dibujo de su chaqueta. Y coronando su cabeza, un sombrero de ala circular, similar al de las brujas, aunque no tan puntiagudo. Con aquel atuendo no podía saber si aquella mujer tenía cuarenta o setenta años. Me recordaba a alguien… ¡Ah sí, ya sé a quién! A un personaje que salía en “Dentro del Laberinto”, aquella extraña mujer que vivía en un basurero, y que en un momento dado invitaba a la protagonista a su casa, y luego ésta se desmoronaba en una cascada de basura, transformando la escena como si todo hubiera sido un sueño. Pero, esta mujer, a pesar de su aspecto fantástico, no había duda que era de carne y hueso.

Cuando llegué a mi parada, atravesé el autobús para bajarme por la puerta delantera como suelo hacer para despedirme del conductor. Y al darle las gracias me dijo:

– No me gustaría que pensara que soy una mala persona.

– No, tranquilo –le aseguré, esbozando una sonrisa de complicidad– estoy convencido que usted no es una mala persona.

Y al oír mis palabras su mirada se alivió, como liberada de una pesada carga. Bajé del autobús, y cuando arrancó, me dio tiempo a girar la cabeza y echar un vistazo al conductor, y por último a aquella extraña mujer cuya sola existencia me parecía asombrosa, aunque al mismo tiempo triste.

Unos días después, mientras esperaba en una parada a media noche, volví a ver a aquella mujer bajando de un autobús. Entonces se apoyó sobre un banco de piedra que hacía de parada y cerró los ojos, como tratando de quedarse dormida. Quizás lo lograse y soñara con despertar en una humilde casa, aunque fuera construida sobre un vertedero.

Apareció mi autobús y me subí, y no pude evitar volver a mirar a aquella mujer, y desear con todas mis fuerzas que su sueño se hiciera realidad.

Historias de California: 1. De paso

Historias de California: 1. De paso

   Paso a diario por Oakland, unas de las principales ciudades de la bahía de San Francisco. Me limito a hacer el transbordo entre bus y metro por las mañanas, y luego al contrario al regresar del trabajo por las tardes. Así de lunes a viernes. Lo curioso es que todavía no me he adentrado en esta ciudad. Al principio fue por miedo, ya que mi jefe me comentó que hace unos años fue la ciudad de Estados Unidos con más apuñalamientos por ciudadano. No soy de creer en los promedios, pero esta estadística me acojonó bastante.

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Vacíos

Vacíos

Hoy, tras unos días de actividad laboral y ocio nocturno intensos he decidido parar. Stop.

Esta mañana he abierto un espacio en mi ajetreada vida. O un tiempo. No sé cuál es la diferencia en este preciso momento desde donde escribo. Seguro que podría haber elegido seguir haciendo muchas cosas de las que habitualmente ocupan mi actividad: responder mails, hacer llamadas, crear y editar un sinfín de documentos en el ordenador, y cosas así. Pero como tengo la suerte de tener un trabajo flexible, mientras tomaba un buen café con leche, me he puesto a leer con calma un artículo de “El País”. Se trataba de un artículo sobre astrofísica. Era bastante extenso para aspirar a su lectura un día laborable sin el riesgo de robarle tiempo a otras tareas, pero era un lujo que estaba dispuesto a concederme. Saborear cada palabra, cada segundo, viajar por el espacio sideral por puro placer de cosmonauta de la imaginación. Y aunque en ese momento no me he dado cuenta, el interés repentino en un asunto espacial –nada habitual en mí- quizás venía explicado por lo sucedido la noche anterior.

Ayer estuve con unos amigos en un concierto de música electrónica. Tras el DJ, una proyección de vídeos en 3D de viajes por el espacio exterior servían de acompañamiento a la música Ambient. En ellos, la cámara avanzaba entre planetas desiertos, cinturones de asteroides y efectos de viajes por el hiperespacio. En cuanto a la música, no tengo ni idea de música electrónica, pero uno de mis colegas, erudito en estos terrenos, la calificó de refinada”. El DJ pinchaba encorvado sobre su Mac, mirando con atención la pantalla a través de sus gafas de pasta enormes. Debíamos ser unas pocas decenas de espectadores, esparcidos en pequeños grupos, como constelaciones, por el suelo de piedra del recinto, un antiguo matadero municipal reconvertido en centro cultural de moda. Sobre nuestras cabezas, el raquítico manto de estrellas cubría la ciudad.

En aquel patio, mientras sentía en mis nalgas como se clavaba el duro suelo del patio, me llamó la atención la ausencia de expresión en el rostro de la mayoría de los presentes. Entre el público creí reconocer a una chica que me resultaba familiar, pero no lograba dar con el sitio donde pertenecía, ni el momento en el que la había conocido. Estaba oscuro, y no sabía hasta que punto mi imaginación completaba sus rasgos acercándolos a los de alguna antigua amante de algún tiempo lejano. Desde luego no de éste, en el que no me comía un rosco. Algunos fumaban, otros bebían cerveza en vasos de plástico de litro. Apenas hablaban. Parecían abducidos por el singular espacio sonoro creado por el músico, que ostentaba el pomposo nombre de DJ Quantik. Creaba los sonidos superponiendo capas y texturas que subía de golpe, vertiginosamente, y cuyo efecto era como el de pequeñas explosiones que tuvieran lugar en los altavoces. Un crítico musical presente describiría luego el sonido en prensa como “…más que pinchar, emitía partículas sonoras que surgían de la nada, de un extraño vacío en el que todos nos metíamos.”

Pero volvamos a la mañana que nos ocupa. En mi casa, frente a la pantalla del ordenador. ¿O no es así, y de algún modo sigo allí, hipnotizado por la música electrónica? Mientras leía, las manecillas del reloj que tengo sobre el quicio de la puerta seguían girando y emitiendo ese sonido que me recordaba a los ritmos electrónicos de la noche anterior. Cada tic-tac era como un acompañamiento musical que me iba metiendo más y más en el artículo. La entrevistada por la periodista de “El País” era una reputada astrofísica de Cambridge que también trabajaba en el CERN, el principal centro de aceleración de partículas europeo. Grosso modo, y sin entrar en detalles del tema en los que desde luego no soy experto, esta mujer a la que llamaremos Emily sostenía que se ha demostrado que el universo está en expansión. Y como está creciendo, las partículas se van alejando las unas de las otras y se generan espacios vacíos, lugares sin gases, ni moléculas, ni nada. Nuestro universo se supone que está repleto de estos espacios. La entrevistada me estaba pareciendo algo depresiva hasta el momento con frases como “El universo terminará en una nada fría y oscura”, que me recordaban al histrionismo depresivo de un Woody Allen en pleno ataque de angustia existencial. Y nada más lejos de la realidad, porque esta mujer de repente continuó apasionadamente su relato espacial diciendo que en estos vacíos, repletos de nada, gracias a la física cuántica podían surgir “como por arte de magia” partículas. Y esto ocurría según Emily por las fluctuaciones cuánticas, que precisamente por ser cuánticas, eran de naturaleza azarosa, y por tanto absolutamente impredecibles. Y entonces estas manifestaciones de energía expandían más si cabe el universo generando a su vez mayores vacíos que alimentaban de nuevo el proceso cíclicamente hasta no se sabe cuales consecuencias. Llegados a ese punto ya no pude continuar, me pareció demasiado para una mañana de viernes.

Así que decidí regresar a la actividad, y me dije “voy a limpiar el baño”, sin duda un último recurso para evitar ponerme con alguna tarea más importante. Entonces, cuando me estaba poniendo los guantes de plástico, sonó el timbre de la calle.

-Perdona, pero soy Rafaela, la vecina del tercero. Se me han olvidado las llaves –escuché a través del interfono.

Cuando abrí la puerta de mi casa pude ver que se trataba de una chica con un piercing en la nariz. Entonces la reconocí. ¡La joven cuya silueta había visto bailando próxima a DJ Quantik!

– ¡Ah, si eres tú! –le dije sorprendido. Nos habíamos cruzado en el portal un mes atrás. En el brazo izquierdo llevaba agarrado un cuadro donde fugazmente alcancé a ver un cielo estrellado mal pintado. Y en su mano izquierda, antes de que pudiera ver qué era, acercó una caja que me aproximó, diciendo – ¿Quieres? -y del interior asomaron no menos de un kilo de cerezas.

Y así, comiendo cerezas y viendo jugar a mi gata con los huesos de éstas, mi nueva vecina me contaba historias de sus viajes hasta llegar a Madrid hace poco más de un mes. No tuve más remedio que dar por finiquitado el vacío de aquella mañana que objetivamente se estaba llenando de actividad. Y mirando el reloj, sonreí y me acordé de Emily, porqué sentí que Rafaela y sus cerezas eran como sus partículas cuánticas. Habían surgido de la nada. Pero eran un impulso, y sin duda, eran bienvenidas en mi pequeño mundo. Un universo repleto, nos guste o no, de innumerables vacíos.

Idealistas

Idealistas

I.

Una luz permanecía encendida en el monótono bloque de ladrillo a esas horas de la madrugada. Su procedencia exacta era la habitación de dos hermanos. Con la litera ocupando medio habitáculo, se las habían apañado para encontrar hueco para una mesita, en la que apenas cabía el ordenador portátil. No muchos años antes habían disfrutado de toda una buhardilla para sus momentos de dispersión, pero un par de reveses mal dados por la Diosa Fortuna, les había colocado en aquel espacio, quizás algo escaso para la cuna donde habían nacido. Aun así, no eran excepciones, les podemos considerar hijos de su tiempo.

– ¡Ah, mira! Tres habitaciones, y con un salón enorme… y no te lo vas a creer.  -le dijo Paco, con un tono ilusionado.

– ¿El qué? Venga, no te hagas el misterioso, que eres un flipao –le dijo su hermana Natalia.

– Pues que tiene vistas al Parque del Oeste tronca –le respondió su hermano.

– ¿En serio? Trae aquí, déjame ver. Eso no puede ser. Será otro parque –dijo Natalia, y girando la pantalla para poder verlo, clavó los ojos en ésta, para al instante abrirlos de forma exagerada, y luego fue levantando el gesto de la pantalla, mientras abría la boca, hasta encontrarse con la complacida mirada de su hermano, cuyos ojos asomaban ligeramente deformados tras las lentes de las gafas de pasta.

Permanecía aún esa emoción en los ojos pardos de Natalia, cuando su hermano, como un peón obediente, marcó el número que figuraba en la página web de “Idealista”. Los hermanos hablaron con la agencia y concertaron la cita para la mañana siguiente.

Los precios del alquiler han subido un 30% en menos de un año. La situación que se vive en Madrid no se había visto desde antes de la burbuja… -la voz robótica que salía del informativo de Radio 5 escapaba por las ventanas de un primero que daba a la acera de la calle Altamirano, en el barrio de Argüelles, una zona de las más cotizadas de la capital. Por allí caminaba Natalia, dirigiéndose a la cita. Su atlético cuerpo se meneaba rítmicamente hasta que alcanzó el punto convenido. A unos metros se fijó en un hombre de anchos hombros con traje azul oscuro y corbata que sujetaba un casco de moto en su mano. Al acercarse, éste se giró, y pareció intuir por el gesto que ella era la mujer interesada en el piso. Se dieron dos besos atolondrados.

– Perdona si he llegado tarde –dijo Natalia.

– Dos minutos nada más, no hay problema. Es que soy de puntualidad inglesa ¿Subimos a verlo ya? –le dijo Fernando, delatando impaciencia, y le mostró la mejor de sus sonrisas de agente comercial, acompañada de un chasquido al final que potenciaba la simpatía, y que sin duda forzaba en momentos oportunos como este.

Le dijo Natalia -Te importa esperar un momento, mi hermano siempre me hace lo mismo. Se supone que debería estar ya por aquí. Por cierto, ¿la moto es tuya?

– Sí, la acabo de comprar ¡No veas que gozada montar en ella! –y acarició su chasis– Una joyita recién salida de la fábrica. La Husqvarna Vitpilen 701, último modelo. Montarla es lo más parecido a volar que puedas experimentar –y tras decir esto, Fernando le guiñó un ojo.

– ¡Vaya! Tiene buena pinta. Aunque no soy muy de motos. En casa no nos dejaron nunca tener una, pero me encantaría volar en una de estas. Me has convencido. ¡Eres un vende motos! –le dijo Natalia, y se rieron los dos mientras se miraban intensamente. Entonces apareció Paco al trote con una cámara réflex en la mano.

Según abrieron la puerta del piso, Paco comenzó a hacer fotos.

– Los muros son un poco finos, ¿no serán de Pladur? –dijo Natalia mirando a Fernando, y aprovechó para golpear con los nudillos en uno de los tabiques.

– No, mujer, con las mejoras de los materiales son capaces de hacerlos casi laminados. Pero son robustos como la piedra, que no te engañen.

– Ya, ya –dijo Natalia, mientras pasaban a la habitación principal- ¿Y esta cama es de 1’35? –preguntó.

– Sí –y Fernando pasó la mano por el filo del colchón, hundiéndola en diferentes partes- justo esas medidas. Y además el colchón es visco-elástico.

– ¿Y eso qué es? –preguntó Paco.

– Es la última tecnología en reparto de pesos. Aunque haría falta tumbarse para comprobar lo que os digo.

Tras ver lo que quedaba de piso, Natalia miró a Paco, que andaba ocupado haciendo fotos artísticas de las texturas de los marcos de madera de la ventana, y le dijo -hermano, ¿no tenías que ir a fotografiar un evento?

– ¿Un evento? –respondió Paco, frunciendo el ceño, lo que hizo que Natalia volviera a insistirle.

– Ah, sí, el evento. Además, no es un evento cualquiera, es EL EVENTO –dijo Paco remarcando cada letra- ¡Qué despistado soy! Bueno, os dejo que llego tarde -Y no habían pasado ni tres segundos cuando oyeron el golpe seco de la puerta al cerrarse, haciendo retumbar las paredes de la casa.

– Pues ya que las paredes no parecen tan robustas, al menos me vas a tener que demostrar lo del visco-escolástico –le dijo Natalia, y tras ello apareció en su rostro una risa de niña que ha roto más de un plato.

Ni que decir tiene que el sistema visco-elástico no distribuía el peso como prometía el comercial, pero no hubo quejas por parte de ninguno, al cumplir la función que exigía la situación con creces. Y eso que en varios instantes pareció que alguna de las maderas del somier cedería.

Cuando salieron al rellano, un señor de unos 40 años que iba con un perrito pequeño y llevaba gorra les dijo –¿Está usted viendo este piso?

– Sí, ¿por? –dijo Natalia, mirando sorprendida al hombre del perro y luego a Fernando.

– Soy vecino, vivo dos puertas más allá. Y debe saber que en el piso que tiene al lado viven unos estudiantes que están todo el día de matraca –y les señaló la puerta del piso en cuestión. Se veía que estaba llena de arañazos y alguien había escrito en rotulador rojo sobre la madera: “Silencio, por favor”.

– Por cierto, el del rotulador fui yo –y dicho esto, sonrío con una risa siniestra mientras se tocaba la visera de la gorra y se daba la vuelta con su perro.

Un rato después, los cuerpos de Natalia y Fernando volvían a estar juntos, pero esta vez sobre la Vitpilen. En cada semáforo en rojo aprovechaban para conversar.

– El piso que me acabas de enseñar queda descartado, pero ¿no tendrás algún chalet disponible?

– Vaya con la mujercita. Primero me haces romper las reglas del negocio, y ahora quieres un chalet. ¿Qué será lo siguiente?

– Oye, no te quejabas tanto cuando estabas sobre el visco-elástico, y seguro que prefieres eso a cualquier bonus de la agencia –dijo Natalia, y una sonrisa asomó tras la visera de su casco.

– Mira Natalia, mi empresa te va a pedir solvencia. No es nada personal. No nos llamamos “Alquiler blindado” por casualidad. Están muy exigentes con esto últimamente. Además, no me has dicho aún de qué trabajas –dijo Fernando.

– Bueno, además de un aval de mis papis, cuento con una herencia reciente, no te preocupes por eso, confía en mí -le dijo Natalia como si lo recitara de memoria-. Y cambiando de tema, ¿podrías pasarme los planos del chalet antes de verlo? Así me voy haciendo una idea.

Un rato después, ya de vuelta al cuchitril de Aluche donde vivía con su hermano, su madre y la abuela, estaban Natalia y Paco atrincherados tras la litera jugando con el Photoshop.

– Mira, pon el sofá ahí. Uhm… no mejor en la otra pared. Si, justo ahí –Natalia iba diciendo.

– Sí el sofá está bien, pero lo más importante es la cama como bien sabrás sister. Te voy a poner una de 2 metros, que Fernando es alto –le dijo con sorna su hermano.

– Jajá, calla, calla. ¡Tú que sabrás! ¿Ves lo que tiene que hacer tu hermana por alcanzar nuestra buhardilla soñada?

Y una noche más, sobre el triste edificio de ladrillo, un único cuadrado de luz destacaba en la fachada recortando sus siluetas, que danzaban como sombras chinescas.

Al amanecer siguiente, Natalia se puso el mejor de sus vestidos –que era el mismo que la jornada anterior- y se dirigió dando un paseo hacia el lugar donde estaba el chalet. Fernando se había ofrecido a llevarla, pero ella había preferido ir andando.

Cuando llegó a la zona próxima al río Manzanares, tras preguntar a un lugareño, se topó con una colonia de antiguos militares, dentro de la cual atisbó el pequeño chalet. No era como las mansiones de Falcon Crest, la pintura estaba desdibujada, y asomaban algunas grietas, pero aún así le era fácil imaginarse invitando amigos, creando su biblioteca en la buhardilla, y escenas así, todas ellas pinceladas precisas que convertían aquel chalet en su sueño perfecto.

Una vez a la altura del chalet, observó que la verja de entrada del patio delantero estaba ligeramente abierta, y cuando se quiso dar cuenta, sus pies ya iban subiendo los escalones de la pequeña escalera que llevaba a la puerta de entrada. Fue entonces cuando oyó una voz que venía del chalet contiguo. Se trataba de una señora muy mayor, diminuta y algo chepuda.

– Hola, así que imagino ha venido usted a ver la casita –dijo la anciana recién aparecida desde el patio de al lado.

– Sí, sí, perdone que haya entrado, vi la verja abierta y… -se excusó Natalia, visiblemente avergonzada.

– No te preocupes. Bueno, me puedes tutear, que a mí los formalismos me cansan. Además, no soy tan mayor para que me llamen de usted –dijo la anciana, y acto seguido se rieron ambas mujeres.

Cuando Natalia se quiso dar cuenta, la mujer había cambiado de casa rápidamente y se encontraba junto a ella. Entonces se aproximó a la puerta de entrada del chalet e introdujo los dedos en el marco de madera de la puerta, y tras tantear unos segundos aquí y allá, extrajo una llave.

– ¡Ajá!, llevaba tiempo sin utilizarla. No se lo digas a nadie que es un secreto –le dijo la anciana apoyando un dedo en los labios– Por cierto, me llamo Carmen Sara, pero me llaman Carmeta Sara –y según dijo Natalia su nombre, se oyó fuerte el rugido grave de una moto, que paró junto a la puerta interrumpiendo el hermoso clima que se había formado entre la joven y la anciana.

Carmeta Sara se retiró de vuelta a su casa y Fernando y Natalia aprovecharon para ver la casa, la cual, aunque estaba un poco dejada por el tiempo en desuso y con alguna gotera mal curada, gustó mucho a Natalia. Su hermano Paco apareció a mitad de la visita, pero le fue suficiente para registrar en fotos el espacio como marcaba la tradición entre hermanos. Se dejaron para el final la buhardilla, donde un par de palomas se habían colado, probablemente porque alguien en la visita anterior había dejado las ventanas abiertas según dijo Fernando.

– Bueno Natalia, pues ya has visto todo –dijo el agente comercial, mientras retiraba con un pañuelo restos de cagadas de paloma- Entonces, ya sabes que son 250.000. Quizás, podamos hacer un pequeño descuento de entre 10 y 20.000, pero últimamente no me lo ponen fácil.

– Sí, lo del descuento es lo suyo, porque este chalet no es “último modelo” que digamos –le dijo Natalia con sorna.

– Claro, que contigo voy a hacer un esfuerzo extra porque eres una clienta especial –y sonrío con un tono travieso. Con cara de póker Natalia dijo -Ya, un esfuerzo extra. Lástima que no tengamos un visco-elástico a mano.

Al final, al hermano le surgió de nuevo una cita para fotografiar un evento, y la falta del colchón fue suplida con creces por una manta en la que no hacía falta una lupa para avistar un ejército de pobres ácaros que sufrieron sin quererlo las sacudidas de la pareja.

Ya de vuelta en el apretado hogar, los hermanos le daban los últimos retoques al chalet de sus sueños con el Photoshop -Creo que es el mejor amueblado digital que hemos logrado hasta la fecha, ¿no crees? –le dijo orgulloso Paco.

Y antes de que la hermana pudiera decir algo, el teléfono se adelantó. Era Fernando, que con la mejor de sus voces de comercial les dijo, -lo siento Natalia, pero según Alquiler Blindado, no cumples los requisitos. Si hubieras sido funcionaria, o política, o algo parecido, otro gallo hubiera cantado. Es la política de “Alquiler Blindado”. -Tras una pausa incómoda, Natalia le dijo –¡Métete la política por donde te quepa! -y visiblemente enfadada, continuó diciendo -Esta noche va a cenar contigo tu clienta la funcionaria, porque yo no.

Había pasado cerca de un año, pero Natalia y su hermano seguían su interminable periplo de búsqueda de casa. Trataban, eso sí, para no levantar sospechas sobre su historial y posibilidades económicas, en cada intento de cambiar de agencia, lo cual dicho sea de paso no era difícil, pues eran tiempos propicios para la especulación, lo que hacía que brotaran agencias inmobiliarias como setas. Así que Natalia vio en Idealista un anuncio de un chalet cercano al río, y le dijo a Paco que llamara a la agencia.

Se dirigía Natalia a la cita por el paseo a la vera del Manzanares. Lucía un vestido escotado de flores estampadas bien ceñido al cuerpo, el cual permitía que se entrevieran las costillas. Tampoco pasaba desapercibido su constante zapateo, que retumbaba imponente sobre el silencio reinante en el barrio aquella mañana. Su hermano debería haber estado con ella, pero como de costumbre se había retrasado. Cuando se aproximaba a su destino, vio una moto que le resultó familiar. Una señal de alerta se le activó en el cuerpo al sospechar que era la Vitpilen, la misma que hubiera visto el año anterior. Claro que podía tratarse de otra moto, quizás era un modelo popular pensó. Decidió entonces ocultarse parcialmente tras un plátano de amplio tronco para inspeccionar. A los segundos reconoció a Fernando, con la ropa más ajustada que el año anterior eso sí, que abriendo la verja de entrada salía de un chalet cercano. Entonces, plantando en la acera, miró su reloj de pulsera, y giró en ese instante la cabeza. Natalia, temerosa de que le viera, ladeó el cuerpo todo lo que pudo ocultándolo tras el tronchudo plátano. Pasaron los segundos y Natalia se sintió a salvo, hasta que oyó la voz de Fernando.

– ¿Somos un poco mayorcitos para jugar al escondite, no crees? –y tras oírle, Natalia salió de su escondite y le encaró.

– Sí, eso es verdad. ¿Pero me puedes decir que haces aquí?, porque algo no me encaja –le respondió Natalia sin dejarse intimidar, mientras Fernando se aproximaba a ella.

– Pues verás, mi compañero no podía venir y le he sustituido. ¡Qué bonita casualidad! … De todos modos, no entiendo como sigues empecinada con encontrar un chalet que esté fuera de tus posibilidades ¿No podrías buscarte un pisito de dos habitaciones en Vallecas por ejemplo? No tienes remedio Natalia.

– No tengo porque darle explicaciones señorito vende motos, soy una mujer libre que hace lo que le sale de los ovarios para ser feliz.

– Ya, pero tampoco te pases de lista mujer. Porque a una llamada mía y no te van a vender ni alquilar una casa en toda la zona centro. Tengo un nombre en el sector inmobiliario, sabes –y dio un paso más Fernando, de modo que Natalia estaba prácticamente aprisionada entre él y el tronco del plátano.

Desde su postura incómoda, Natalia alcanzó a decir -¡Estás mal de la azotea tío! Tanta adrenalina de vendedor te ha fundido el cerebro –Entonces sonó un ruido fuerte a pocos metros, como un golpe de metal contra piedra acompañado de un desagradable chirrido. Giraron ambos sus cabezas hacía el lugar de donde parecía provenir.

– ¡Ostia, mi Vitpilen! –y salió corriendo hacia su moto, que yacía de mala manera sobre la acera. Natalia miró a la derecha y vio que su hermano salía de la verja de una casa vecina cercana a donde estaba la moto de Fernando.

– ¡Vamos sister! Salgamos echando ostias de aquí y dejemos a este gilipollas con su moto. Natalia aprovechó ese momento para quitarse los zapatos y se escabulleron de allí rápidamente mientras el agente comercial todavía estaba levantando su querida Vitpilen. Aprovechó Paco, antes de perderle de vista, para hacer una foto rápida al comercial en plena faena.

Tras un minuto de correr alocadamente por las calles colindantes, se sintieron a buen recaudo en su nueva localización.

– ¿Y ahora qué hacemos sister? Es una putada porque ese chalet tenía buena pinta.

– Hermano, es verdad que nos han jodido la cita. Pero se me ha ocurrido una idea.

Al rato llegaron a la calle que buscaban, reconociendo los chalets enseguida. A la izquierda, el que habían visitado el año pasado, y a la derecha el de aquella anciana tan simpática. En el patio delantero del de la anciana una mujer arreglaba el jardín cantando una canción en un idioma extranjero.

– Perdone, ¿está la señora de la casa? –le dijo Natalia.

– ¿Se refiere a Carmeta Sara? –le respondió la mujer con un acento que debía ser de Europa del Este.

– Sí, nos conocimos el año pasado, y cómo pasábamos por aquí… -le respondió Natalia.

– Lamento decirle que la señora murió hace unos meses.

Natalia tardó en responder, mientras miraba el lugar donde había conversado con aquella mujer, y recordaba su cuerpo menudo, su voz, sus gestos. Cuando volvió en sí, alcanzó a decir -vaya, lo siento muchísimo -y se quedó con tal cara que la mujer invitó a los hermanos a pasar y sentarse. Les contó que se llamaba Victoria, y que era búlgara. Había sido la asistenta de la señora durante los últimos años. Les contó que la señora había muerto sin dejar en herencia, pues no tenía familia cercana. Murió su esposo y ella le siguió los pasos tres meses después. Por lo visto no sólo poseía esa casa, sino que la casa vecina había sido de su marido, de modo que la había heredado la señora antes de morir. Así que ahora había dos casas sin herederos por increíble que pareciese.

Tras despedirse de su nueva amiga búlgara, los hermanos se acercaron al chalet contiguo. Ante la mirada sorprendida de Paco, los dedos de Natalia palparon en diferentes lugares tras el marco de la puerta, hasta que algo de metal asomó tras la madera. Era una llave, que Natalia alzó al cielo, como si ofreciera un tributo a una diosa desconocida que morara en lo alto. Con ella, la cerradura giró y la luz de fuera invadió la entrada de la casa, formando una sección de cuarto de círculo luminosa. El olor a humedad y madera vieja era tan penetrante y encerraba tanta ilusión, que inundó el corazón de los hermanos para siempre.