Vacíos

Vacíos

Hoy, tras unos días de actividad laboral y ocio nocturno intensos he decidido parar. Stop.

Esta mañana he abierto un espacio en mi ajetreada vida. O un tiempo. No sé cuál es la diferencia en este preciso momento desde donde escribo. Seguro que podría haber elegido seguir haciendo muchas cosas de las que habitualmente ocupan mi actividad: responder mails, hacer llamadas, crear y editar un sinfín de documentos en el ordenador, y cosas así. Pero como tengo la suerte de tener un trabajo flexible, mientras tomaba un buen café con leche, me he puesto a leer con calma un artículo de “El País”. Se trataba de un artículo sobre astrofísica. Era bastante extenso para aspirar a su lectura un día laborable sin el riesgo de robarle tiempo a otras tareas, pero era un lujo que estaba dispuesto a concederme. Saborear cada palabra, cada segundo, viajar por el espacio sideral por puro placer de cosmonauta de la imaginación. Y aunque en ese momento no me he dado cuenta, el interés repentino en un asunto espacial –nada habitual en mí- quizás venía explicado por lo sucedido la noche anterior.

Ayer estuve con unos amigos en un concierto de música electrónica. Tras el DJ, una proyección de vídeos en 3D de viajes por el espacio exterior servían de acompañamiento a la música Ambient. En ellos, la cámara avanzaba entre planetas desiertos, cinturones de asteroides y efectos de viajes por el hiperespacio. En cuanto a la música, no tengo ni idea de música electrónica, pero uno de mis colegas, erudito en estos terrenos, la calificó de refinada”. El DJ pinchaba encorvado sobre su Mac, mirando con atención la pantalla a través de sus gafas de pasta enormes. Debíamos ser unas pocas decenas de espectadores, esparcidos en pequeños grupos, como constelaciones, por el suelo de piedra del recinto, un antiguo matadero municipal reconvertido en centro cultural de moda. Sobre nuestras cabezas, el raquítico manto de estrellas cubría la ciudad.

En aquel patio, mientras sentía en mis nalgas como se clavaba el duro suelo del patio, me llamó la atención la ausencia de expresión en el rostro de la mayoría de los presentes. Entre el público creí reconocer a una chica que me resultaba familiar, pero no lograba dar con el sitio donde pertenecía, ni el momento en el que la había conocido. Estaba oscuro, y no sabía hasta que punto mi imaginación completaba sus rasgos acercándolos a los de alguna antigua amante de algún tiempo lejano. Desde luego no de éste, en el que no me comía un rosco. Algunos fumaban, otros bebían cerveza en vasos de plástico de litro. Apenas hablaban. Parecían abducidos por el singular espacio sonoro creado por el músico, que ostentaba el pomposo nombre de DJ Quantik. Creaba los sonidos superponiendo capas y texturas que subía de golpe, vertiginosamente, y cuyo efecto era como el de pequeñas explosiones que tuvieran lugar en los altavoces. Un crítico musical presente describiría luego el sonido en prensa como “…más que pinchar, emitía partículas sonoras que surgían de la nada, de un extraño vacío en el que todos nos metíamos.”

Pero volvamos a la mañana que nos ocupa. En mi casa, frente a la pantalla del ordenador. ¿O no es así, y de algún modo sigo allí, hipnotizado por la música electrónica? Mientras leía, las manecillas del reloj que tengo sobre el quicio de la puerta seguían girando y emitiendo ese sonido que me recordaba a los ritmos electrónicos de la noche anterior. Cada tic-tac era como un acompañamiento musical que me iba metiendo más y más en el artículo. La entrevistada por la periodista de “El País” era una reputada astrofísica de Cambridge que también trabajaba en el CERN, el principal centro de aceleración de partículas europeo. Grosso modo, y sin entrar en detalles del tema en los que desde luego no soy experto, esta mujer a la que llamaremos Emily sostenía que se ha demostrado que el universo está en expansión. Y como está creciendo, las partículas se van alejando las unas de las otras y se generan espacios vacíos, lugares sin gases, ni moléculas, ni nada. Nuestro universo se supone que está repleto de estos espacios. La entrevistada me estaba pareciendo algo depresiva hasta el momento con frases como “El universo terminará en una nada fría y oscura”, que me recordaban al histrionismo depresivo de un Woody Allen en pleno ataque de angustia existencial. Y nada más lejos de la realidad, porque esta mujer de repente continuó apasionadamente su relato espacial diciendo que en estos vacíos, repletos de nada, gracias a la física cuántica podían surgir “como por arte de magia” partículas. Y esto ocurría según Emily por las fluctuaciones cuánticas, que precisamente por ser cuánticas, eran de naturaleza azarosa, y por tanto absolutamente impredecibles. Y entonces estas manifestaciones de energía expandían más si cabe el universo generando a su vez mayores vacíos que alimentaban de nuevo el proceso cíclicamente hasta no se sabe cuales consecuencias. Llegados a ese punto ya no pude continuar, me pareció demasiado para una mañana de viernes.

Así que decidí regresar a la actividad, y me dije “voy a limpiar el baño”, sin duda un último recurso para evitar ponerme con alguna tarea más importante. Entonces, cuando me estaba poniendo los guantes de plástico, sonó el timbre de la calle.

-Perdona, pero soy Rafaela, la vecina del tercero. Se me han olvidado las llaves –escuché a través del interfono.

Cuando abrí la puerta de mi casa pude ver que se trataba de una chica con un piercing en la nariz. Entonces la reconocí. ¡La joven cuya silueta había visto bailando próxima a DJ Quantik!

– ¡Ah, si eres tú! –le dije sorprendido. Nos habíamos cruzado en el portal un mes atrás. En el brazo izquierdo llevaba agarrado un cuadro donde fugazmente alcancé a ver un cielo estrellado mal pintado. Y en su mano izquierda, antes de que pudiera ver qué era, acercó una caja que me aproximó, diciendo – ¿Quieres? -y del interior asomaron no menos de un kilo de cerezas.

Y así, comiendo cerezas y viendo jugar a mi gata con los huesos de éstas, mi nueva vecina me contaba historias de sus viajes hasta llegar a Madrid hace poco más de un mes. No tuve más remedio que dar por finiquitado el vacío de aquella mañana que objetivamente se estaba llenando de actividad. Y mirando el reloj, sonreí y me acordé de Emily, porqué sentí que Rafaela y sus cerezas eran como sus partículas cuánticas. Habían surgido de la nada. Pero eran un impulso, y sin duda, eran bienvenidas en mi pequeño mundo. Un universo repleto, nos guste o no, de innumerables vacíos.

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Idealistas

Idealistas

I.

Una luz permanecía encendida en el monótono bloque de ladrillo a esas horas de la madrugada. Su procedencia exacta era la habitación de dos hermanos. Con la litera ocupando medio habitáculo, se las habían apañado para encontrar hueco para una mesita, en la que apenas cabía el ordenador portátil. No muchos años antes habían disfrutado de toda una buhardilla para sus momentos de dispersión, pero un par de reveses mal dados por la Diosa Fortuna, les había colocado en aquel espacio, quizás algo escaso para la cuna donde habían nacido. Aun así, no eran excepciones, les podemos considerar hijos de su tiempo.

– ¡Ah, mira! Tres habitaciones, y con un salón enorme… y no te lo vas a creer.  -le dijo Paco, con un tono ilusionado.

– ¿El qué? Venga, no te hagas el misterioso, que eres un flipao –le dijo su hermana Natalia.

– Pues que tiene vistas al Parque del Oeste tronca –le respondió su hermano.

– ¿En serio? Trae aquí, déjame ver. Eso no puede ser. Será otro parque –dijo Natalia, y girando la pantalla para poder verlo, clavó los ojos en ésta, para al instante abrirlos de forma exagerada, y luego fue levantando el gesto de la pantalla, mientras abría la boca, hasta encontrarse con la complacida mirada de su hermano, cuyos ojos asomaban ligeramente deformados tras las lentes de las gafas de pasta.

Permanecía aún esa emoción en los ojos pardos de Natalia, cuando su hermano, como un peón obediente, marcó el número que figuraba en la página web de “Idealista”. Los hermanos hablaron con la agencia y concertaron la cita para la mañana siguiente.

Los precios del alquiler han subido un 30% en menos de un año. La situación que se vive en Madrid no se había visto desde antes de la burbuja… -la voz robótica que salía del informativo de Radio 5 escapaba por las ventanas de un primero que daba a la acera de la calle Altamirano, en el barrio de Argüelles, una zona de las más cotizadas de la capital. Por allí caminaba Natalia, dirigiéndose a la cita. Su atlético cuerpo se meneaba rítmicamente hasta que alcanzó el punto convenido. A unos metros se fijó en un hombre de anchos hombros con traje azul oscuro y corbata que sujetaba un casco de moto en su mano. Al acercarse, éste se giró, y pareció intuir por el gesto que ella era la mujer interesada en el piso. Se dieron dos besos atolondrados.

– Perdona si he llegado tarde –dijo Natalia.

– Dos minutos nada más, no hay problema. Es que soy de puntualidad inglesa ¿Subimos a verlo ya? –le dijo Fernando, delatando impaciencia, y le mostró la mejor de sus sonrisas de agente comercial, acompañada de un chasquido al final que potenciaba la simpatía, y que sin duda forzaba en momentos oportunos como este.

Le dijo Natalia -Te importa esperar un momento, mi hermano siempre me hace lo mismo. Se supone que debería estar ya por aquí. Por cierto, ¿la moto es tuya?

– Sí, la acabo de comprar ¡No veas que gozada montar en ella! –y acarició su chasis– Una joyita recién salida de la fábrica. La Husqvarna Vitpilen 701, último modelo. Montarla es lo más parecido a volar que puedas experimentar –y tras decir esto, Fernando le guiñó un ojo.

– ¡Vaya! Tiene buena pinta. Aunque no soy muy de motos. En casa no nos dejaron nunca tener una, pero me encantaría volar en una de estas. Me has convencido. ¡Eres un vende motos! –le dijo Natalia, y se rieron los dos mientras se miraban intensamente. Entonces apareció Paco al trote con una cámara réflex en la mano.

Según abrieron la puerta del piso, Paco comenzó a hacer fotos.

– Los muros son un poco finos, ¿no serán de Pladur? –dijo Natalia mirando a Fernando, y aprovechó para golpear con los nudillos en uno de los tabiques.

– No, mujer, con las mejoras de los materiales son capaces de hacerlos casi laminados. Pero son robustos como la piedra, que no te engañen.

– Ya, ya –dijo Natalia, mientras pasaban a la habitación principal- ¿Y esta cama es de 1’35? –preguntó.

– Sí –y Fernando pasó la mano por el filo del colchón, hundiéndola en diferentes partes- justo esas medidas. Y además el colchón es visco-elástico.

– ¿Y eso qué es? –preguntó Paco.

– Es la última tecnología en reparto de pesos. Aunque haría falta tumbarse para comprobar lo que os digo.

Tras ver lo que quedaba de piso, Natalia miró a Paco, que andaba ocupado haciendo fotos artísticas de las texturas de los marcos de madera de la ventana, y le dijo -hermano, ¿no tenías que ir a fotografiar un evento?

– ¿Un evento? –respondió Paco, frunciendo el ceño, lo que hizo que Natalia volviera a insistirle.

– Ah, sí, el evento. Además, no es un evento cualquiera, es EL EVENTO –dijo Paco remarcando cada letra- ¡Qué despistado soy! Bueno, os dejo que llego tarde -Y no habían pasado ni tres segundos cuando oyeron el golpe seco de la puerta al cerrarse, haciendo retumbar las paredes de la casa.

– Pues ya que las paredes no parecen tan robustas, al menos me vas a tener que demostrar lo del visco-escolástico –le dijo Natalia, y tras ello apareció en su rostro una risa de niña que ha roto más de un plato.

Ni que decir tiene que el sistema visco-elástico no distribuía el peso como prometía el comercial, pero no hubo quejas por parte de ninguno, al cumplir la función que exigía la situación con creces. Y eso que en varios instantes pareció que alguna de las maderas del somier cedería.

Cuando salieron al rellano, un señor de unos 40 años que iba con un perrito pequeño y llevaba gorra les dijo –¿Está usted viendo este piso?

– Sí, ¿por? –dijo Natalia, mirando sorprendida al hombre del perro y luego a Fernando.

– Soy vecino, vivo dos puertas más allá. Y debe saber que en el piso que tiene al lado viven unos estudiantes que están todo el día de matraca –y les señaló la puerta del piso en cuestión. Se veía que estaba llena de arañazos y alguien había escrito en rotulador rojo sobre la madera: “Silencio, por favor”.

– Por cierto, el del rotulador fui yo –y dicho esto, sonrío con una risa siniestra mientras se tocaba la visera de la gorra y se daba la vuelta con su perro.

Un rato después, los cuerpos de Natalia y Fernando volvían a estar juntos, pero esta vez sobre la Vitpilen. En cada semáforo en rojo aprovechaban para conversar.

– El piso que me acabas de enseñar queda descartado, pero ¿no tendrás algún chalet disponible?

– Vaya con la mujercita. Primero me haces romper las reglas del negocio, y ahora quieres un chalet. ¿Qué será lo siguiente?

– Oye, no te quejabas tanto cuando estabas sobre el visco-elástico, y seguro que prefieres eso a cualquier bonus de la agencia –dijo Natalia, y una sonrisa asomó tras la visera de su casco.

– Mira Natalia, mi empresa te va a pedir solvencia. No es nada personal. No nos llamamos “Alquiler blindado” por casualidad. Están muy exigentes con esto últimamente. Además, no me has dicho aún de qué trabajas –dijo Fernando.

– Bueno, además de un aval de mis papis, cuento con una herencia reciente, no te preocupes por eso, confía en mí -le dijo Natalia como si lo recitara de memoria-. Y cambiando de tema, ¿podrías pasarme los planos del chalet antes de verlo? Así me voy haciendo una idea.

Un rato después, ya de vuelta al cuchitril de Aluche donde vivía con su hermano, su madre y la abuela, estaban Natalia y Paco atrincherados tras la litera jugando con el Photoshop.

– Mira, pon el sofá ahí. Uhm… no mejor en la otra pared. Si, justo ahí –Natalia iba diciendo.

– Sí el sofá está bien, pero lo más importante es la cama como bien sabrás sister. Te voy a poner una de 2 metros, que Fernando es alto –le dijo con sorna su hermano.

– Jajá, calla, calla. ¡Tú que sabrás! ¿Ves lo que tiene que hacer tu hermana por alcanzar nuestra buhardilla soñada?

Y una noche más, sobre el triste edificio de ladrillo, un único cuadrado de luz destacaba en la fachada recortando sus siluetas, que danzaban como sombras chinescas.

Al amanecer siguiente, Natalia se puso el mejor de sus vestidos –que era el mismo que la jornada anterior- y se dirigió dando un paseo hacia el lugar donde estaba el chalet. Fernando se había ofrecido a llevarla, pero ella había preferido ir andando.

Cuando llegó a la zona próxima al río Manzanares, tras preguntar a un lugareño, se topó con una colonia de antiguos militares, dentro de la cual atisbó el pequeño chalet. No era como las mansiones de Falcon Crest, la pintura estaba desdibujada, y asomaban algunas grietas, pero aún así le era fácil imaginarse invitando amigos, creando su biblioteca en la buhardilla, y escenas así, todas ellas pinceladas precisas que convertían aquel chalet en su sueño perfecto.

Una vez a la altura del chalet, observó que la verja de entrada del patio delantero estaba ligeramente abierta, y cuando se quiso dar cuenta, sus pies ya iban subiendo los escalones de la pequeña escalera que llevaba a la puerta de entrada. Fue entonces cuando oyó una voz que venía del chalet contiguo. Se trataba de una señora muy mayor, diminuta y algo chepuda.

– Hola, así que imagino ha venido usted a ver la casita –dijo la anciana recién aparecida desde el patio de al lado.

– Sí, sí, perdone que haya entrado, vi la verja abierta y… -se excusó Natalia, visiblemente avergonzada.

– No te preocupes. Bueno, me puedes tutear, que a mí los formalismos me cansan. Además, no soy tan mayor para que me llamen de usted –dijo la anciana, y acto seguido se rieron ambas mujeres.

Cuando Natalia se quiso dar cuenta, la mujer había cambiado de casa rápidamente y se encontraba junto a ella. Entonces se aproximó a la puerta de entrada del chalet e introdujo los dedos en el marco de madera de la puerta, y tras tantear unos segundos aquí y allá, extrajo una llave.

– ¡Ajá!, llevaba tiempo sin utilizarla. No se lo digas a nadie que es un secreto –le dijo la anciana apoyando un dedo en los labios– Por cierto, me llamo Carmen Sara, pero me llaman Carmeta Sara –y según dijo Natalia su nombre, se oyó fuerte el rugido grave de una moto, que paró junto a la puerta interrumpiendo el hermoso clima que se había formado entre la joven y la anciana.

Carmeta Sara se retiró de vuelta a su casa y Fernando y Natalia aprovecharon para ver la casa, la cual, aunque estaba un poco dejada por el tiempo en desuso y con alguna gotera mal curada, gustó mucho a Natalia. Su hermano Paco apareció a mitad de la visita, pero le fue suficiente para registrar en fotos el espacio como marcaba la tradición entre hermanos. Se dejaron para el final la buhardilla, donde un par de palomas se habían colado, probablemente porque alguien en la visita anterior había dejado las ventanas abiertas según dijo Fernando.

– Bueno Natalia, pues ya has visto todo –dijo el agente comercial, mientras retiraba con un pañuelo restos de cagadas de paloma- Entonces, ya sabes que son 250.000. Quizás, podamos hacer un pequeño descuento de entre 10 y 20.000, pero últimamente no me lo ponen fácil.

– Sí, lo del descuento es lo suyo, porque este chalet no es “último modelo” que digamos –le dijo Natalia con sorna.

– Claro, que contigo voy a hacer un esfuerzo extra porque eres una clienta especial –y sonrío con un tono travieso. Con cara de póker Natalia dijo -Ya, un esfuerzo extra. Lástima que no tengamos un visco-elástico a mano.

Al final, al hermano le surgió de nuevo una cita para fotografiar un evento, y la falta del colchón fue suplida con creces por una manta en la que no hacía falta una lupa para avistar un ejército de pobres ácaros que sufrieron sin quererlo las sacudidas de la pareja.

Ya de vuelta en el apretado hogar, los hermanos le daban los últimos retoques al chalet de sus sueños con el Photoshop -Creo que es el mejor amueblado digital que hemos logrado hasta la fecha, ¿no crees? –le dijo orgulloso Paco.

Y antes de que la hermana pudiera decir algo, el teléfono se adelantó. Era Fernando, que con la mejor de sus voces de comercial les dijo, -lo siento Natalia, pero según Alquiler Blindado, no cumples los requisitos. Si hubieras sido funcionaria, o política, o algo parecido, otro gallo hubiera cantado. Es la política de “Alquiler Blindado”. -Tras una pausa incómoda, Natalia le dijo –¡Métete la política por donde te quepa! -y visiblemente enfadada, continuó diciendo -Esta noche va a cenar contigo tu clienta la funcionaria, porque yo no.

Había pasado cerca de un año, pero Natalia y su hermano seguían su interminable periplo de búsqueda de casa. Trataban, eso sí, para no levantar sospechas sobre su historial y posibilidades económicas, en cada intento de cambiar de agencia, lo cual dicho sea de paso no era difícil, pues eran tiempos propicios para la especulación, lo que hacía que brotaran agencias inmobiliarias como setas. Así que Natalia vio en Idealista un anuncio de un chalet cercano al río, y le dijo a Paco que llamara a la agencia.

Se dirigía Natalia a la cita por el paseo a la vera del Manzanares. Lucía un vestido escotado de flores estampadas bien ceñido al cuerpo, el cual permitía que se entrevieran las costillas. Tampoco pasaba desapercibido su constante zapateo, que retumbaba imponente sobre el silencio reinante en el barrio aquella mañana. Su hermano debería haber estado con ella, pero como de costumbre se había retrasado. Cuando se aproximaba a su destino, vio una moto que le resultó familiar. Una señal de alerta se le activó en el cuerpo al sospechar que era la Vitpilen, la misma que hubiera visto el año anterior. Claro que podía tratarse de otra moto, quizás era un modelo popular pensó. Decidió entonces ocultarse parcialmente tras un plátano de amplio tronco para inspeccionar. A los segundos reconoció a Fernando, con la ropa más ajustada que el año anterior eso sí, que abriendo la verja de entrada salía de un chalet cercano. Entonces, plantando en la acera, miró su reloj de pulsera, y giró en ese instante la cabeza. Natalia, temerosa de que le viera, ladeó el cuerpo todo lo que pudo ocultándolo tras el tronchudo plátano. Pasaron los segundos y Natalia se sintió a salvo, hasta que oyó la voz de Fernando.

– ¿Somos un poco mayorcitos para jugar al escondite, no crees? –y tras oírle, Natalia salió de su escondite y le encaró.

– Sí, eso es verdad. ¿Pero me puedes decir que haces aquí?, porque algo no me encaja –le respondió Natalia sin dejarse intimidar, mientras Fernando se aproximaba a ella.

– Pues verás, mi compañero no podía venir y le he sustituido. ¡Qué bonita casualidad! … De todos modos, no entiendo como sigues empecinada con encontrar un chalet que esté fuera de tus posibilidades ¿No podrías buscarte un pisito de dos habitaciones en Vallecas por ejemplo? No tienes remedio Natalia.

– No tengo porque darle explicaciones señorito vende motos, soy una mujer libre que hace lo que le sale de los ovarios para ser feliz.

– Ya, pero tampoco te pases de lista mujer. Porque a una llamada mía y no te van a vender ni alquilar una casa en toda la zona centro. Tengo un nombre en el sector inmobiliario, sabes –y dio un paso más Fernando, de modo que Natalia estaba prácticamente aprisionada entre él y el tronco del plátano.

Desde su postura incómoda, Natalia alcanzó a decir -¡Estás mal de la azotea tío! Tanta adrenalina de vendedor te ha fundido el cerebro –Entonces sonó un ruido fuerte a pocos metros, como un golpe de metal contra piedra acompañado de un desagradable chirrido. Giraron ambos sus cabezas hacía el lugar de donde parecía provenir.

– ¡Ostia, mi Vitpilen! –y salió corriendo hacia su moto, que yacía de mala manera sobre la acera. Natalia miró a la derecha y vio que su hermano salía de la verja de una casa vecina cercana a donde estaba la moto de Fernando.

– ¡Vamos sister! Salgamos echando ostias de aquí y dejemos a este gilipollas con su moto. Natalia aprovechó ese momento para quitarse los zapatos y se escabulleron de allí rápidamente mientras el agente comercial todavía estaba levantando su querida Vitpilen. Aprovechó Paco, antes de perderle de vista, para hacer una foto rápida al comercial en plena faena.

Tras un minuto de correr alocadamente por las calles colindantes, se sintieron a buen recaudo en su nueva localización.

– ¿Y ahora qué hacemos sister? Es una putada porque ese chalet tenía buena pinta.

– Hermano, es verdad que nos han jodido la cita. Pero se me ha ocurrido una idea.

Al rato llegaron a la calle que buscaban, reconociendo los chalets enseguida. A la izquierda, el que habían visitado el año pasado, y a la derecha el de aquella anciana tan simpática. En el patio delantero del de la anciana una mujer arreglaba el jardín cantando una canción en un idioma extranjero.

– Perdone, ¿está la señora de la casa? –le dijo Natalia.

– ¿Se refiere a Carmeta Sara? –le respondió la mujer con un acento que debía ser de Europa del Este.

– Sí, nos conocimos el año pasado, y cómo pasábamos por aquí… -le respondió Natalia.

– Lamento decirle que la señora murió hace unos meses.

Natalia tardó en responder, mientras miraba el lugar donde había conversado con aquella mujer, y recordaba su cuerpo menudo, su voz, sus gestos. Cuando volvió en sí, alcanzó a decir -vaya, lo siento muchísimo -y se quedó con tal cara que la mujer invitó a los hermanos a pasar y sentarse. Les contó que se llamaba Victoria, y que era búlgara. Había sido la asistenta de la señora durante los últimos años. Les contó que la señora había muerto sin dejar en herencia, pues no tenía familia cercana. Murió su esposo y ella le siguió los pasos tres meses después. Por lo visto no sólo poseía esa casa, sino que la casa vecina había sido de su marido, de modo que la había heredado la señora antes de morir. Así que ahora había dos casas sin herederos por increíble que pareciese.

Tras despedirse de su nueva amiga búlgara, los hermanos se acercaron al chalet contiguo. Ante la mirada sorprendida de Paco, los dedos de Natalia palparon en diferentes lugares tras el marco de la puerta, hasta que algo de metal asomó tras la madera. Era una llave, que Natalia alzó al cielo, como si ofreciera un tributo a una diosa desconocida que morara en lo alto. Con ella, la cerradura giró y la luz de fuera invadió la entrada de la casa, formando una sección de cuarto de círculo luminosa. El olor a humedad y madera vieja era tan penetrante y encerraba tanta ilusión, que inundó el corazón de los hermanos para siempre.

Mindfulness

Mindfulness

Lo llaman mindfulness, pero quieren decir meditación. Lo que pasa es que en inglés suena mejor. A John Kavat-Zinn, un médico que estudió en Massachusets, se le ocurrió el nombre, y enseguida se extendió como la pólvora. Si se le hubiera ocurrido a un español y le hubiera puesto de nombre “atención plena” no hubiera transcendido una mierda. Aunque en inglés suena tan cool, os aseguro que es lo que conocemos como meditación de toda la vida. Os lo digo yo que me dieron un puñetero título. En el trozo de papel que tengo en un cajón perdido de mi casa pone que estoy certificado en MSBR o MBRS o MSBB o algo parecido.

Y ahora, si yo te quisiera contar lo que sigue cronológicamente, empezaría diciendo porqué me había yo autoregalado ese curso por mis 33 cumpleaños, y te contaría más cosas sobre mi background. Sí, en inglés que suena mejor. Pero no va a ser así porque voy a empezar mi relato por la clase, para que cierres los ojos y te concentres, y te metas en mi puñetera piel. El cómo acabé allí es otra historia que quizás a nadie le importe.

– Cuando practiques, hazlo sin buscar otro objetivo que la práctica en sí.  Sin nada que conseguir, ningún lugar a donde llegar… – decía la profesora A. con una voz como un susurro que me hacía sentir como si me metieran orfidal por las orejas. Esto lo escuchábamos con las piernas cruzadas sobre nuestro cojín de meditación algunos y sentados en una silla el resto. Todos con los ojos cerrados. Bueno, tengo que confesarte que a veces los entreabría un poco para asegurarme que seguía habiendo algo ahí fuera en el aula. Y sí, la misma mierda asomaba una y otra vez, así que al final los dejaba cerrados y ya está.

A pesar de lo que dijera A. yo sí tenía un objetivo, y era librarme de toda la mierda que tenía en la cabeza, de toda esa mierda que por más que luchaba y trataba de limpiar siempre permanecía ahí. Era como tratar de vaciar un gigantesco estercolero con una cucharita de café. Si lograba limpiarla, los 300 euros de la inscripción habrían merecido la pena y un prometedor futuro de autoconocimiento me esperaría a la vuelta de la esquina.

A. no venía de una familia hippie. Se había dedicado diez años a la informática, pero se cansó de estar delante de un ordenador y decidió apuntarse a clases de meditación. Se fue animando poco a poco con el tema, y entonces fue cuando para sorpresa de sus padres se compró un billete para Massachusetts. Tenía que conocer al gran hombre espiritual que había creado ese método y estudiar con él. El título de gran maestra de mindfulness lo conseguiría si lograba estar cinco días de retiro durante los cuales no podía hablar con nadie. Al tercer día tuvo un momento de flaquezas, pero se repuso y unos días después regresaba a España con su título bajo el brazo. Si obtienes un título de lo que sea en España no vale mucho. Pero si lo has obtenido en EEUU es otra historia, y esto A. lo sabía muy bien.

– … tumbados sobre la esterilla y tapados con una manta, comenzamos esta meditación cerrando suavemente los ojos, y permitiendo que el aire entre y salga por las fosas nasales libremente –iba diciendo A. con su voz fuertemente nasal. Hacía un calor infernal aquel soleado día de mayo, y en la sesión me estaba costando concentrarme, quizás porque la chica que estaba tumbada a mi lado había rozado con su mano derecha mi paquete, y eso despertaba mi vertiente no espiritual.  Estando allí tumbado, la mezcla de sensaciones era curiosa, por un lado la voz omnipresente de A. nos envolvía, por el otro, nuestros sudores vaporosos penetraban en las fosas nasales. Me recordaba al olor de un pub de Londres rebosante de jóvenes hormonados tomando pintas y chupitos de jaggermeister en el solsticio de verano. Así que decidí centrarme en el sonido para reducir el hedor insoportable, y a los pocos segundos advertí un sonido grave y cíclico que parecía provenir de las entrañas de algún animal salvaje. Era mi compañero de la izquierda que debía estar roncando a pierna suelta el muy cabrón. Al final de clase otra compañera le echó en cara sus ronquidos -probablemente despechada por un exnovio que gozaba del mismo talento- y esto hizo que el comercial se pasara el resto del curso avergonzado.

– … intenta mantener la atención en la alternancia de inspiraciones y exhalaciones mientras escuchas mi voz –seguía diciendo A.

Trascurridas varias semanas de curso, iba andando por la calle cuando escuché la voz de A. Al principio miré a mi alrededor y no la vi, así que me asusté, pero luego descubrí que tenía su cosa. A las horas después de eso estaba comiendo en la cafetería de la universidad, con todo ese ruido de gallinero, y de repente stop. Silencio.

Todo lo demás desapareció, y sólo sentía el tacto fibroso del filete de buey, y como mis incisivos lo cortaban y mis molares lo aplastaban. Y así con todo. Cagando en casa, prestaba atención a sus palabras y respiraba profundamente. En el metro igual, andando por la calle, etc. Incluso follaba mejor, bueno, si hubiera estado follando en ese momento me refiero, seguro que lo hubiera hecho mejor, pero no se dio el caso aquella época. Me estaba convirtiendo en un puto caballero jedi.

– Atención plena. Ahora.

Y entonces llegó la prueba final del taller. Por más que pensara que estaba preparado y que era un John Kavat-Zinn en potencia, lo que había pasado hasta ahora eran mariconadas, ya que para lograr el título de MSSB había que estar tres días de retiro en un monte perdido de la Sierra de Madrid. Y no sólo eso, además no se podía pronunciar ni una jodida palabra durante ese periodo.

– Silencio.

Si no fuera lo suficiente jodido de por sí, a mi amigo B. no se le ocurrió otra cosa que el día antes de mi retiro espiritual organizar su jodida fiesta de cumpleaños. Dudé si ir, pero al final me fui el último a casa a las 5 a.m. haciendo eses, tes e incluso uves.

Cuatro horas después salíamos hacia la sierra. Llegamos al lugar indicado tras una hora en la que estuve dando cabezadas contra el cristal del autobús sin parar mientras miraba de reojo la bolsa que había traído por si acaso. Atravesamos un camping, y el autocar nos dejó frente a un complejo formado por varias decenas de cabañas y un gran edificio negro. En su conjunto, el lugar parecía sacado de Jurassic Park.

Entramos únicamente con nuestras esterillas y una botella de agua a la nave del edificio principal del complejo. Eché un vistazo y debíamos ser cerca de 200 almas metidas en nuestros rectángulos de colores. A. comenzó la sesión final de meditación. –Doblar el cuerpo hasta unir vuestras manos con vuestros pies –decía A., y entonces sentí como un reflujo oscilaba en mi interior y ansiaba salir al mundo. Me imaginaba la vergüenza si eso ocurría, así que lo reprimí. Todo daba vueltas. La voz de J. salía metálica por los altavoces. Me venían ráfagas de sudor, ráfagas de ideas locas, ráfagas del sabor de las cervezas y los chupitos de la noche anterior, ráfagas de los culos de las tías que veía a mi alrededor. Pero entonces saqué el jedi que llevaba dentro, y por entre el malestar profundo, me pregunté que sería lo peor que me podía suceder en ese puñetero momento ¿Vomitar? ¿Desmayarme? ¿Delirium tremens? Y entonces decidí que ese malestar y esa mierda enorme eran míos. Me pertenecían. Y como si alguien me hubiera dado un gran abrazo, me sentí a salvo, me sentí tranquilo, y el reflujo volvió a su lugar.

Me había desmayado.

Por entre las tortas que un compañero me estaba propinando, recordé las palabras de A.

– Sin nada que conseguir, ningún lugar a donde llegar…

Tras recuperarme, comencé el resto del periodo estipulado de silencio junto a mis compañeros.

Y al tercer día, resucité.

 

 

Corazones de acero

Corazones de acero

Hoy se ha parado un corazón en el barrio de Lavapiés. Pero tras la última nota de su pulso, el sonido perfecto no ha sido el silencio. Las gargantas de muchos corazones amigos han gritado tan fuerte que hasta los oídos más fríos han sentido su calor. Hasta la piedra de las plazas ha temblado con su clamor. La sangre de su corazón se ha parado hoy, pero la de los señores de la goma y el acero, de la mandíbula apretada, de la placa escondida, y de la porra empuñada, lleva mucho tiempo estancada. Un coágulo negro y denso es su sangre, y así se ve reflejado en sus pupilas oscuras.

Hoy ha dicho adiós un hombre llamado M. pero podría haber sido su amigo K. o cualquier compatriota suyo cuyo corazón se parase, harto de sufrir en su nuca el constante aliento persecutorio de los hombres del corazón de acero. Un aliento que obedece a un mandato cruel y cobarde de otro ser cuyo corazón está lejos del barrio, pero sus armas son precisas y poderosas, una firma, una llamada, una palabra que hacen de mano siniestra que activa la palanca del odio.

Hay quien dice que un soldado cuyo corazón no está blindado es porqué ha desertado. Y lo llaman “traidor”. Pero no debe ser cierto, pues el de M., que a su manera era un soldado, estaba hecho del material de los sueños, una capa de inocencia sobre otra de fragilidad, y así, una tras otra, superpuestas ambas hasta el infinito. O casi hasta el infinito, porque después de tantas persecuciones le habían arrancado las capas, y esperaba desnudo su triste final, con la única piel que le habían dejado, la “negra”. Y en ese estado cayó derrumbado sobre la dura piedra de la calle.

Estas persecuciones también las habían sentido los corazones amigos del barrio. Porque saben que más allá del color de la piel y de dónde hayas nacido, siempre late igual el corazón de un ser humano. Y por eso cuando las oscuras sombras de acero y goma asomaron de nuevo sus garras por las calles, gritaron las gargantas amigas desde sus balcones que no querían más cacerías, que todos los hombres albergan un mismo latido, la llama que les impulsa a construir su común destino. “Ningún ser humano es ilegal”, se entonó valiente desde las alturas y luego se extendió por las calles como onda invencible que no pudiera ser acallada por los escudos ni las porras, y ni siquiera por el sonido diabólico de las aspas de los pájaros de metal que sobrevolaban nerviosos el cielo del barrio.

Todo ocurrió en el barrio, entre sus calles estrechas y laberínticas, por donde el corazón de M. se adentraba a diario, portando un pesado saco a la espalda, para ir al único trabajo que le dejaban hacer. Y con aquella carga que tanto conocía, se vio en su última persecución, y tras cientos de metros de huida no le alcanzó el aire, y con el corazón rebosante de miedo y cansancio, sus piernas tambalearon, y el asfalto se movió a sus pies, como cuando atravesó el mar en busca de esperanza y éste le sacudía con furia avivando su miedo. Y entonces, segundos antes de caer, contempló por última vez la franja estrecha del cielo sobre Lavapiés. Y vio unas pocas estrellas que le recordaron a las que veía de joven en su pueblo cuando les contaba sus sueños a los amigos. Y tras este recuerdo fugaz, como un pájaro solitario que huyera en vano antes de que la noche absoluta lo alcanzara, se apagó su corazón y desaparecieron las estrellas.

carne cruda

carne cruda

Era mi cumpleaños, pero a nadie parecía importarle. A mí tampoco. Aunque era mi día y me apetecía al menos descansar del trabajo. Dos noches antes, Laura, mi mujer, se había tomado unos cuantos vinos y entonces se le había ocurrido la feliz idea de organizar una cena barbacoa con los vecinos. Vendrían Mary con Alfred, y la hermana de ésta, Sara, que se había separado hace no mucho.

Alfred y Mary vivían en una zona más alejada de la urbanización. Laura había conocido a Alfred paseando a Sproky, nuestro perro. Poco después ella y Mary hicieron buenas migas. Yo estaba trabajando en la obra todo el santo día, así que Laura se aburría en casa y se le ocurrió lo de comprar collares a los chinos. Enseguida le propuso entrar a partes iguales en el negocio a Mary.

No eran las ocho, cuando llegaron los invitados. Fuimos directos a la terraza. Hacía calor. Tanto Alfred como yo íbamos en pantalón corto, y Mary y Sara llevaban una falda corta mientras que Laura iba con sus pantalones bombacho. Laura les dijo que si no habían traído el bañador podíamos prestarles uno.

Abrimos la primera botella de vino, y yo me puse a preparar la barbacoa. Alfred se puso a mi lado y las chicas se quedaron hablando en el sofá. Aguanté sus preguntas. Qué dónde había comprado la carne. Que cuánto me había costado. Y cosas así. Alabó un rato mi jardín. Él se llevaba muy bien con Laura, a veces los había visto pasear juntos a los perros. Según me hablaba miraba de fondo a Sara. En un momento nuestras miradas se cruzaron.

Cuando ya parecía controlada la barbacoa nos acercamos Alfred y yo a hablar con las chicas.

– ¿Qué tal van esos collares Mary? –le pregunté.

– Bien, pero cómo no comencemos a vender pronto, tendremos que buscar una casa más grande para guardarlos –dijo Mary, ante lo que nos reímos todos. Bueno, todos menos Laura.

Abrimos otra botella. Las chicas se probaban los collares y luego se los intercambiaban. Mientras, yo iba girando la carne. Alfred había ido a ver a los perros. Habían traído al suyo también y parecían estar armando bulla en el patio de entrada. Al rato volvió y nos dijo que los iba a pasear, que estaban inquietos. Mi mujer dijo que se iba con él. Y tras decirlo, se bebió media copa de un trago y se fueron.

La carne ya estaba casi hecha. A mí me gustaba cruda, pero al resto les daba asco así, y la preferían dura, como una zapatilla. La levanté un poco del fuego y me acerqué a las chicas. Mary bebía rápido. Sara me parecía encantadora. No entendía como alguien se había separado de ella. ¿O había sido decisión suya? Mi mujer me lo había contado un día, pero ya no me acordaba. Era unos años más joven que su hermana Mary.

– Joe, ¿dónde tenéis los nuevos collares que imitan al rubí, los que compramos la semana pasada? –me preguntó Mary.

– Están en la buhardilla. ¿Quieres que vaya a por ellos? –le respondí.

– No, déjalo. Ya subo yo, no se te vaya a quemar la carne –me dijo.

Así que se metió adentro de la casa. Entonces allí nos quedamos Sara y yo. Fui a poner algo de música, que se había parado hacía un rato.

– ¿Te gusta bailar Sara? –le dije.

– Sí, pero depende con quien –me dijo, y a continuación sonrió.

Ya nadie se acordaba de la carne. La aparté totalmente del fuego para que no se quemase. Entonces le estaba enseñando el jardín a Sara, cuando levantamos la vista y vimos las estrellas. La noche estaba despejada, raro en esta ciudad.

– ¿A qué hora naciste Joe? –me preguntó.

– Pues creo que mi madre me dijo una vez que a las 2 de la madrugada. Que era mi manera de empezar fastidiando, naciendo tarde –le respondí.

Yo nunca había creído en el horóscopo. Pero con Sara era diferente. Lo hacía muy bien. Ya la había escuchado hablar del tema astral otras noches. No era pesada como esas locas de la tele. Lo hacía con cariño y tacto. Sentía pasión por ello. Así que me habló de que este año iba a ser propicio para el amor. Le dije que lo de propicio podía ser, pero con quien. Se rio a gusto. Sara era así.

Abrimos otra botella, y la cogí de la cintura. Empezamos a bailar. Mary estaría al bajar, pero nos daba igual. Tampoco regresaban Laura ni Alfred con los perros. Nos habíamos olvidado de todos. Y hacía calor, era raro que no refrescara esa noche.

– ¿Te apetece bañarte Sara? –le dije.

– ¿En serio? Ni siquiera tengo bañador –me respondió.

– Eso no es problema. Ahí mismo veo uno de Laura. –le dije.

Nos los pusimos rápido y fuimos hacía la piscina. Era curioso ver como se movían las estrellas sobre la superficie. El agua estaba fresca, y sentí por debajo las piernas de Sara como me tocaban los muslos. Mientras escuchaba el ladrido de los perros que regresaban, las acaricié bajo el agua.

La chica del Dharma

La chica del Dharma

¡Por fin es viernes! Voy a salir algo más tarde de lo acostumbrado de la City. Lo llamamos la City, y suena guay, pero en realidad se trata de las grises oficinas del Santander en Boadilla. Llevo poco tiempo aquí, pero se me está haciendo eterno. Si me hubieran dicho hace un año que estaría trabajando de analista de datos para un banco no me lo creería. Pero las cosas se han dado así. Aunque lo mejor es cuando llega el fin de semana sabiendo que tienes pasta suficiente para disfrutarlo a tope.

Según salgo de la oficina me doy cuenta que estoy reventado, como si me hubieran succionado las fuerzas. Y encima está lloviendo. El cielo está negro de cojones. Dan vueltas sobre mí estos oscuros pensamientos cuando suena el teléfono. Es mi colega Charlie.

-¡Hey Flowers! ¿Qué tal? Oye, el otro día me acordé de ti por lo siguiente. ¿Sigues con los vídeos? –comienza diciendo Charlie.

-Eh… sí claro. Bueno, tengo la cámara con algo de polvo en el trastero, pero preparado para la acción, sobre todo para editar -le respondo.

-¡Guay!, pues te voy a pasar el contacto de esta chica que… -me dice Charlie.

Un rato después me llama. Es venezolana y se llama Alejandra. Acaba de llegar a España, y quiere que le ayude a organizar su portafolio audiovisual para promocionarse en el mundillo de la tele y publicidad de aquí.

Así que a la mañana siguiente la recibo en mi casa, donde tengo el estudio. Toca la puerta, tres toques: toc, toc, toc. Viste un abrigo negro y largo, con un fondo trasero tipo capa. Porta un sombrero enorme muy curioso, también negro. Parece como venida de otra época. Según comienza a andar por el pasillo, mi gata se le sube literalmente encima.

-¡Menudo recibimiento! –le digo sorprendido.

-Sí, me encantan los gatos. ¿Yo fui gata en una vida anterior, sabes? –me lo dice tan seriamente que me quedo dudando si se lo cree de verdad.

Así que comenzamos visionando el material. Ha trabajado no pocos años para la televisión venezolana. Llegó a tener cierto renombre por lo que me dice. Aspira a un buen puesto en televisión. Quiere trabajar en una buena cadena, no en cualquiera. Tiene sus preferencias. Dice que nada de Tele 5, que es vulgar. Ella es más de Antena 3. También ha hecho sus pinitos como actriz de publicidad, e incluso en una serie de Televisión.

-Porque Arcadio –le ha gustado mi segundo nombre, y lo repite sin parar- yo me quiero comer el mundo. Y tú me vas a dar mucha suerte ya verás. Y yo a ti también. Nos hemos conocido por algo. ¿Has oído hablar del Dharma?

-Ni idea -le respondo.

-Pero cuántas cosas tienes que aprender, Arcadio. El Dharma es tener un buen propósito. Y tú y yo lo tenemos.

Todo lo dice con tal efusividad que me siento hechizado, como si no pudiera llevarle la contraria en nada. Veo sus brazos moverse, y escucho el tono de su voz, tan perfectamente modulado, sobre todo cuando pronuncia mi nombre. Lo dice con un tono grave fascinante.

A medida que edito, le voy preguntando que fragmentos quiere, y responde con precisión matemática, parece conocer el minutaje exacto donde establecer cada corte. Y lo curioso es que ni siquiera los tiene apuntados. Dice que se los sabe de memoria.

-Oye, dime la verdad Alejandra, ¿tú has editado antes? Te veo muy suelta.

-No Arcadio, alguna vez lo he visto en la sala de montaje, pero ese no era mi trabajo. Es intuición Arcadio. Tienes que confiar en ella. ¡Vamos a hacernos ricos Arcadio!

Y así es con todo lo que le digo. La luz entra por la ventana, y la veo iluminada mientras coge a mi gata como si se conocieran de toda la vida, y Chloe, así se llama el animal, se deja acariciar la barbilla como si nada. Hasta a mí me muerde a veces cuando trato de hacerla eso. Y eso que se debería asustar con ella, pues Alejandra, emocionada, da palmadas a cada instante, como una cheerleader en nuestro partido particular. Tras unas horas editándole –aunque de verdad, repito que yo estoy haciendo más bien poco- el video-book para televisión, lo hemos terminado, así que nos vamos a comer al chino de al lado de mi casa.

Mientras comemos, me cuenta que ella no concibe trabajar de algo que no le guste, busca algo motivante, algo que le ilusione, que le llene. Que ella quiere hacerse rica. No sólo material, sino espiritual. Me cuenta que su prioridad es esa, y que luego viene lo demás. Porque son muchas horas las que se pasa trabajando para no estar con ganas, con motivación.

-Porque es la mayor bendición del cielo que puede alguien recibir, estar contento con su trabajo. ¡Es el dharma!, querido Arcadio –lo pronuncia con una fuerza tal que se nos quedan mirando todos en el restaurante.

Y se la ve muy contenta, así que todo lo que dice resuena convincente. Tengo impulsos de decir algo, pero no me salen las palabras. Entonces miro a un lado y veo los dioses dragón dorados en la pared del restaurante. Juraría que se mueven ligeramente. Incluso me da la sensación que han movido los ojos y me miran. Asustado, vuelvo a mirar a Alejandra, como si nada hubiera pasado. Al rato pagamos y hablamos de continuar la edición otro día.

Esta semana en la city está siendo súper emocionante. Saliendo de mi casa a las 7 a.m. y volviendo a las 9 p.m. tres días seguidos para rellenar unas hojas interminables de Excel. Mañana viernes tenemos entrega, así que hoy promete ser de traca. Hago un descansillo para un café. Me quedo un rato viendo a la chica de la limpieza barrer. Me gusta hablar con ella. Junto a la venezolana, es de las pocas personas que me llaman Arcadio. Me encantan sus problemas cotidianos. Que si hoy la papelera del compañero está que rebosa, que si no tiene llave para el despacho del jefe, que si el Poto de mi escritorio se está quedando algo seco porque no le da la luz. Miro el reloj. Son las 8:30 de la tarde y debo ser de los únicos trabajadores que quedan todavía en planta. Tras las cristaleras, los últimos rayos de la tarde asoman. Se me escapa una sonrisa. Me acabo de acordar que he quedado mañana por la tarde con Alejandra para seguir con el montaje.

Mi gata lleva un rato haciendo guardia frente a la puerta, cuando suenan los tres toques en la puerta. Vuelvo a ver a Alejandra, vestida de nuevo de riguroso negro. Esta vez trae una tarta.

-La he hecho yo misma –me dice mientras la saca de su envase y la coloca en un plato.

-Muchas gracias, no hacía falta mujer. Pero es todo un detalle. ¿De qué está hecha?

-Eh… es una receta secreta muy antigua. Intenta averiguarlo -me responde.

Así que nos ponemos delante de la mesa de edición con las porciones de rica tarta –sigo sin saber qué es, aunque me resulta familiar el sabor- y dos vasos de té. En un momento dado veo que la gata salta sobre el plato, yendo como a cámara lenta directo al suelo el plato con lo que quedaba de tarta.

-Arcadio, ¿dónde tienes la escoba?

-No hace falta mujer, que ya limpio yo.

-Sí, que me apetece y además es una buena señal barrer la casa de alguien. ¡Déjamela! –me suelta la orden de tal manera, que automáticamente mi boca se abre y le digo donde está.

Tiene arte barriendo, como si llevara toda la vida con la escoba. Y la gata, al verla barrer, empieza a brincar a su lado acompasada con el movimiento de la escoba, como bailando su capoeira particular.

En la sesión de tarde de nuestro particular montaje del portafolio, pasamos a otra faceta suya: la actuación. A pesar de no ser su objetivo máximo, ha hecho sus pinitos en el mundo de las teleseries. Durante unos pocos capítulos de una famosa serie en su país, interpretó a una fugaz amante de uno de los protagonistas, un empresario que llevaba una vida aburrida hasta que la conoce. Según vamos montando el tráiler, de nuevo su intuición para descubrir el momento del corte perfecto es excepcional. Ella se emociona ante cada corte, cada gesto suyo en pantalla. Al final acabamos nuestro pequeño video-book, y tras jugar un rato con mi gata, coge su abrigo, se pone su sombrero y se despide. En su repentina ausencia me quedo pensativo y decido asomarme al balcón para ver cómo sale del portal, pero extrañamente no la veo salir en ningún momento. Supongo que habrá bajado rápido y me habré asomado tarde. ¡Ni que hubiera salido volando!

Han pasado unos días. Estoy pensando en deja de currar en la City. No he vuelto a pensar en Alejandra, pero el otro día quedé con Charlie y saqué el tema de que había venido esta chica a casa y le di las gracias por el contacto. Y entonces él dijo que no se acordaba de haberme pasado ningún contacto. No lo entiendo, aunque sé que él está un poco estresado últimamente, y que a veces es olvidadizo. La cosa, es que llevo varios días en los que me cuesta acordarme de los ratos con la venezolana.

Ahora mismo estoy cansado y aunque sé que es una locura dudo que realmente pasase, que realmente esta chica viniera a mi casa y me dijera e hiciera todo aquello, aunque juraría tener todavía un regusto del sabor extraño de aquella tarta. Mientras recuerdo esto miro al suelo, y lo veo sucio. Con tanto curro hace casi mucho que no limpio, así que voy a por la escoba. Y no le encuentro explicación, pero por más que busco no encuentro la escoba por ningún lado.

El ritual

El ritual

Bajé las escaleras con cautela, pero aun así no pude evitar que crujieran sin piedad, destruyendo el silencio reinante. Como aproximándome a un altar, me dirigí a la mesa elevada, y sólo entonces me di la vuelta y les vi. Se distribuían sentados en cinco alturas y a lo largo de dos hemisferios partidos por la escalera de madera. Casi se podía respirar su concentración. Generalmente miraban el papel que tenían delante, mientras su mano asía con decisión el bolígrafo y se movía frenéticamente como poseída. A ratos paraban el movimiento de la mano, sin duda sudorosa, y levantaban la vista mirando al techo, como si de él colgaran mágicamente las respuestas que necesitaban para seguir escribiendo en sus hojas. Y luego bajaban los ojos y los dirigían disimuladamente a otros compañeros cercanos, e incluso a los folios de éstos, como si pudieran adivinar los símbolos diminutos sobre ellos a varios metros de distancia. A veces acababan esta danza ocular posando sus ojos en mí, para rápidamente retirarlos avergonzados, como si yo fuera alguien con poderes, alguien que les pudiera leer sus pensamientos o algo peor. Algunos casi no escribían, y les podía ver la mirada perdida, como si estuvieran en algún sitio lejano. Y sin embargo no se rendían, solían ser de los últimos en irse, parecían aguardar el milagro de que alguno de sus compañeros les fuera a hacer, en un momento de gracia, la revelación que ansiaban.

Me había traído un libro para pasar el rato, al fin y al cabo algunos de ellos iban a estar dos horas largas con el asunto. Así que abrí el libro decididamente, pero pronto me di cuenta que mi atención se centraba de nuevo en ellos, que se me iban los ojos hacia sus gestos inocentes, hacia sus miradas reconcentradas. Me infundían un gran respeto, bañados por el gran torrente de luz que entraba por los inmensos ventanales. Vi de reojo entonces una urraca que se posaba en el alféizar y lo recorría varias veces, como si buscara una entrada. Entonces volví mi mirada sobre ellos, y por el camino me encontré que la chica de la esquina miraba también al pájaro. Nuestras miradas se cruzaron y me sonrió, como diciendo -mira yo también lo he visto, al pajarillo.

Al rato me fijé que uno de ellos se encontraba en una posición atípica, con la cabeza apoyada en la mano, y con el bolígrafo abandonado sobre la superficie de la mesa. Miraba de lado, y juraría que los ojos no los tenía abiertos del todo. ¿Cuánto tiempo llevaría así? ¿Me había fijado en él antes? Decidí acercarme a inspeccionarlo con más detenimiento. Cuando llegué a su altura el no reaccionó, pero la joven que se encontraba a su lado le miró primero a él, y luego a mí. Parecía contrariada, casi angustiada; como si fuera ella la que estaba en esa postura. Entonces sin yo decir nada, ni levantar una ceja, ella misma le propinó un pequeño golpe con el antebrazo al que parecía dormir, lo cual hizo que el chico diera un respingo sobre su silla y recuperase la posición clásica de mirada reconcentrada enfocando al folio, agarrando con fuerza el bolígrafo y escribiendo con decisión y gravedad, como si estuviera escribiendo su testamento.

Cuando descendía de nuevo a mi posición, desde donde anhelaba volver a tener una panorámica completa de la escena, vi un dedo que apuntaba al techo, era el índice de una joven. Tras hacerle un gesto de cabeza me dijo, con una voz de ultratumba que juraría olía a tabaco: -Profesor, ¿queda mucho? Y tras esa pregunta le sonreí, y le dije que estuviera tranquila, que sí, que quedaba mucho. Y entonces continué mi descenso hacia el altar, cuando me pareció acordarme del porqué durante mucho tiempo había soñado con dedicarme a esto.